Revista Alga nº51 - Año 2003


Edita:
  • Grupo de Poesía ALGA


  • Responsables de Edición:
  • Goya Gutiérrez
  • Moisès Stankowich


  • Fotografía de portada:
  • Marga Clark

  • BOCÁNGEL

    EL COMISARIO SUANCES


         Como les sucedía a muchos policías, al comisario Agustín Suances no le gustaba acudir a los domicilios de los burgueses del Ensanche, prefiriendo los de la parte baja de la ciudad, que tenían entradas más sombrías y un pegajoso olor a verduras recocidas, escaleras destartaladas, rellanos en cuyos cuartuchos anidaban descuideros, peristas, timadores, rateros, contrabandistas, vagos y chulos que vivían de sus mujeres y, como no, centenares de anarquistas, a muchos de los cuales conocía por sus nombres verdaderos. Allí sabía a qué atenerse, que rufián podía ser amigo o enemigo, una mirada suya bastaba para vencer suspicacias y doblegar ánimos inquietos. En la parte alta de la ciudad, sin embargo, debía comportarse con tino, medir palabras y gestos, no fuera a estar tratando, por un casual, con una personalidad importante o con un pariente, amigo o conocido de una personalidad importante. Traspasada la catedral y la plaza de Cataluña, sólo era un policía diligente y servil, alguien a quien no se llamaba si no era absolutamente necesario, como ocurría ahora.
         Suances volvió a tirar de la campanilla por si no la hubieran escuchado, se ajustó la pajarita y se atusó el bigote. ¿Qué sabía del propietario de la casa? Que era pintor, un pintor reputado que había expuesto en París y en Madrid, y poco más. ¿Por qué le habría hecho llamar, si no le conocía? Una mujer joven entreabrió la puerta.
         -¿Sí? ¿Qué desea?
         -Buenas tardes. Soy el comisario de policía Agustín Suances, señorita. Me han hecho llamar con el ruego de que viniera lo antes posible.

         Al serle permitido entrar, el comisario observó que la mujer llevaba un exquisito vestido de color pergamino, con trencillas caladas y bordadas coloreadas de modo diferente en las faldas y en la blusa.
         -Soy la señora Casas. Mi marido le aguarda en el salón.
         -Le ruego me disculpe, señora -dijo el cincuentón quitándose el sombrero-, es usted tan joven y guapa...
         En otras circunstancias Julia, que así se llamaba la esposa del pintor Ramón Casas, hubiera esbozado una sonrisa ante semejante cumplido, no era la primera vez que la tomaban por su hija o por una criadita del servicio; pero viniendo de Suances, uno de los policías que más duramente había reprimido la Causa, se mordió los labios, quién sabe, quizás hasta tuviera algo que ver en la detención y posterior asesinato de su padre. Le había insistido a Ramón que aguardara unas horas, que todavía era muy pronto para alertar a la policía. Había sido en vano.
         -Es por aquí -dijo señalando una de las tres puertas de la entrada, la de la derecha-. Mi marido está enfermo, ha sufrido un cólico y lleva tres días en cama. No ha atendido a mis ruegos de que no lo hiciera y ha querido levantarse para hablar con usted.
         El tal Casas se hallaba sentado en un butacón delante de una chimenea encendida a pesar de ser uno de los abriles más calurosos que los barceloneses habían conocido en décadas. Su voluminoso cuerpo, pues había engordado varios quilos en los últimos años, parecía escorado hacia un lado y se sujetaba la frente con la mano derecha.
         -Buenas tardes -dijo al entrar.
         El hombre no se movió, no había reparado en su presencia.
         -Buenas tardes, señor Casas -insistió.
         Julia se arrodilló junto a su marido y le sacudió el hombro.
         -Ramón, está aquí el comisario. ¿Te encuentras bien?
         El pintor pareció reaccionar.
         -Sí, me encuentro algo mejor Julia, pero el comisario habrá de disculpar que no me levante.
         -Ya me ha dicho su esposa que ha sufrido un cólico. Acuéstese si lo desea y descanse, podemos hablar algo más tarde en su habitación.
         -No, no, ya le digo que me encuentro algo mejor -dijo arrugando el entrecejo. Luego procedió a colocarse unos anteojos para ver mejor al comisario, anteojos que se quitó y volvió a poner varias veces a lo largo de la entrevista.
         Julia le señaló el otro butacón para que se sentara y el comisario lo hizo. Suances pensó que la entrevista iba a ser difícil, que tenía que armarse de paciencia. Se fijó en la chimenea, que era más propia de un castillo medieval que de una casa del Paseo de Gracia, el hueco tenía más de un metro y medio de altura y en sus esquinas aparecían labrados relieves antropomórficos. También observó la escena campestre que Casas había pintado encima aprovechando la campana, y el enrejado con motivos vegetales que protegía los troncos. "Sólo esta chimenea vale lo que mi piso y el chalet de Caldetas juntos", pensó el viejo policía.
         -¿Por qué me ha hecho llamar, señor Casas? En la comisaría han tomado el recado porque usted dijo que era amigo mío y era urgente que yo viniera.
         Julia le interrumpió para decirles que los dejaba a solas, que estaría en la cocina si la necesitaban.
         -Conozco pocos policías y de repente recordé su nombre -profirió Casas, la voz muy débil.
         -¿Recordó mi nombre?
         -Sí, asistí a un juicio en el que usted acudió como testigo.
         -He testificado en tantos...
         -Fue en el que juzgaron a Joaquín Higueras por unas muertes ocurridas en Castell de Fels.
         El comisario mudó el semblante, tragó saliva y apartó la mirada del pintor. Durante años Suances había querido olvidar, sin conseguirlo del todo, el caso conocido como "El Crimen de Castell de Fels" en el que se había visto envuelto por seguir órdenes de Madrid. Todavía recordaba el sobre que pocos días después de las muertes le había entregado un desconocido a la salida de la comisaría. Dentro había un escrito en el que, con letra minúscula y prieta, se le agradecían los servicios prestados a la patria rogándole que no dijera nada del asunto. También una cantidad que ascendía a diez mil reales en billetes nuevos de cincuenta pesetas, dinero que destinó a comprarse la casita de Caldetas, el lugar que había elegido para pasar los años de vida que les quedaran a Herminia y a él tras su jubilación del servicio.
         Volvió a mirar a Casas y se tranquilizó al comprobar que el pintor no se había dado cuenta del efecto que habían causado sus palabras. Tenía la mirada fija en los troncos que crepitaban.
         -¿Por qué me ha hecho llamar? ¿Ha ocurrido algo grave?
         -Sí, creo que sí. Ha desaparecido mi amigo Rusiñol.
         -¿El pintor y dramaturgo Santiago Rusiñol?
         -Sí, ya veo que le conoce.
         -Mi esposa me ha obligado a asistir a alguna de sus obras. Le gustan mucho, las suyas y las de ese tal Guimerá. Ella es catalana, ¿sabe?, de Puigcerdá. A mí me cuesta entender algunos giros del idioma.
         Agustín Suances se guardó mucho de decir que a él el teatro serio le aburría, que prefería las comedias de enredo y los sainetes.
         -Vive en el último piso de esta casa. No siempre, porque pasa largas temporadas en Sitjes, en París o en Aranjuez, lugar que hace poco ha descubierto. No obstante, no son los únicos lugares a los que va, ya que viaja mucho. Ha estado en Mallorca y Granada buscando paisajes que pintar, jardines, efectos de luces y sombras que le sigan sorprendiendo. Pero cuando prepara alguna exposición o el estreno de una obra se queda aquí, en el piso de arriba. Sabía que yo estaba enfermo y ayer tarde, antes de salir para el teatro Romea donde esta noche estrenan una obra suya, quedó en desayunar conmigo para hacerme compañía y explicarme las últimas novedades. Le noté nervioso, muy nervioso, más que otras veces -Casas dejó de hablar y se pasó los dedos por los labios agrietados por la fiebre.
         -¿Por qué pensó eso?
         -Le preocupaba la reacción del público. ¿Es que no ha leído usted la prensa de los últimos días?
         -He estado muy ocupado con los pormenores de la visita real, pero sí, algo he oído aunque no he prestado demasiada atención, ya le digo que no me interesa demasiado el mundo del teatro. Antes de continuar, he de preguntarle si ha llamado a su familia y a los hospitales de la ciudad.
         -Sí, mi esposa se ha ocupado de eso. Ha telefoneado a su mujer a su casa de Manlleu y a su hermano Alberto a su oficina. Ninguno de los dos saben nada de él. También Julia ha llamado a los hospitales y no hay nadie ingresado con su nombre o su descripción física. En el dispensario de Atarazanas fue atendido un hombre tras haber sido arrollado por un tranvía eléctrico en la Rambla de Santa Mónica. A Julia le explicaron que había sufrido una escoriación en el antebrazo y varias contusiones. Mi mujer hizo una somera descripción de Santiago y se le parecía, pero no era él.
         A Suances le extrañó que su mujer no estuviera a su lado cuando se iba a estrenar una de sus obras, pero no dijo nada, ya tendría ocasión de preguntar acerca de los motivos.
         -Decía usted que le preocupaba la reacción del público.
         -Sí, es una obra que puede ser mal entendida por una parte de nuestra sociedad barcelonesa -dijo con un cierto tono irónico.
         -No le entiendo. ¿De qué trata?
         -De un joven que regresa a su casa tras haber luchado en Filipinas. Todos le consideran un héroe por haberse mostrado valiente y decidido en el campo de batalla.
         -Sigo sin entender...
         -Vuelve a su casa convertido en un héroe, sí, cargado de regalos y honores, pero también en un hombre despreciable y bravucón que no quiere trabajar en el telar familiar. Se emborracha, abusa de todos, se acuesta con la mujer del amigo que ha enfermado en los mismos campos de batalla, maltrata a sus padres quitándoles el dinero para sus vicios...
         -No siga. Me hago una somera idea.
         -Santiago estaba muy preocupado por el efecto de la obra en los militares. Pensaba que podía ocasionarle la ruina.
         -¿Una paliza?
         -Más que eso.
         -¿Su muerte?
         -Sí. Usted ya conoce los ánimos de algunos. Y no me refiero sólo a coroneles o generales. Creo que estaba más preocupado por la clase de tropa. Hay muchos que han servido en el ejército, que han luchado en Cuba o en Marruecos y se sienten orgullosos de ello. Es lo más importante y glorioso que les ha ocurrido en la vida.
         -Es usted claro. Y, sin embargo, la escribió y pretende estrenarla.
         -Usted no conoce a Santiago. Si piensa que debe hacer una cosa, la hace no habiendo nada ni nadie que le haga desistir de la idea. La escribió en Mallorca en menos de un mes.
         Con gran esfuerzo le contó a Suances el diálogo mantenido con su amigo la tarde anterior. Lo que Casas no le expresó fue que después de escuchar sus inquietudes, le recomendó que retirara la obra, que podía estrenarla más adelante, cuando los ánimos se serenaran.
         "Los ánimos de los militares nunca se van a serenar porque hacen monólogos a gritos", le dijo. "¿Has visto alguna vez que acepten una crítica, aunque sea razonada? Ponen palabras en un altar y las consideran símbolos a los que hay que jurar obediencia ciega. Por eso he escrito "L'hèroe", para verlo representado en el Romea y hacer que esas palabras sean vistas como los que son, palabras huecas y carcomidas. Ya sabes lo que pienso, que hay que abominar del arte poco sincero, escrito con suspiros retóricos y lágrimas prestadas. Pero claro, tú no entiendes esto porque nunca has escrito nada."
         Casas le interrumpió, dolido.
         "Recuerda que escribí "La tiranía del espíritu" hace unos años precisamente para demostrarme que podía hacerlo."
         "Pero no es lo mismo, tú lo has dicho", manifestó Rusiñol. "No tuviste pretensiones literarias al hacerlo. Presenciaste unos hechos y escribiste sobre ellos para quedar en paz contigo mismo. No diste el libro a un editor o a una imprenta para que se publicara a tu costa."
         El pintor protestó:
         "No la di porque el Barón de Castellfullit había muerto hacía poco y su publicación podía acarrearme algún disgusto, como a ti este estreno, déjame que te lo diga."
         Santiago pareció no haberle escuchado.
         "No es una novela ni una obra de teatro", prosiguió.
         "Entonces, ¿qué es?"
         "Unas memorias, si deseas llamarla así."
         Esa apreciación le disgustó aún más a Ramón. ¿Qué tenían los textos de Santiago que no tuviera "La tiranía"? ¿No había logrado dibujar una buena cantidad de personajes que desarrollaban una cierta intriga hasta llegar a un final sorprendente? Consideraba la obra casi como el hijo que no había podido tener con Julia por los esfuerzos y años que le había costado su redacción y no dejaba transcurrir una semana sin releer algún fragmento. Cuando lo hacía, tenía la sensación de que era otro y no él quien la había escrito y eso, como también le acontecía con la pintura, lo juzgaba un hecho positivo. Significaba que la obra era mejor que el propio autor, que le superaba. ¿No consistía en eso la creación al fin y al cabo?
         Antes de volver a expresarle sus temores, Santiago le aseguró: "Tú nunca podrías hacer una novela o una obra de teatro. Te interesa más la vida real y no tanto el simbolismo, como a mí, más la acción que la reflexión pura."
         Las palabras del comisario Suances le hicieron retornar al presente.
         -Desearía ver el piso donde vive su amigo. ¿Es posible? ¿Tiene usted una llave?
         -Sí, la tengo. Como Rusiñol pasa largas temporadas sin venir, nuestra criada sube de tanto en tanto a limpiarlo. Por favor, acérquese al pasillo y dé una voz para que mi esposa le pueda oír. Ella le conducirá hasta el piso.
         -Una cosa antes de marcharme. ¿No estará su amigo en Sitjes?
         -No, en el Cau Ferrat no está. Ha sido lo primero que hemos hecho al enterarnos de su ausencia, llamar allí por teléfono. Genís Montaner, el hombre que le guarda las llaves y se lo cuida, no nos hubiera engañado.
         El comisario Suances hizo lo que el pintor le pidió. En el pasillo gritó el nombre de "¡Señora Casas!" un par de veces y aguardó a que la mujer llegara.
         -Desearía ver el piso de Rusiñol, señora, y me sería de gran utilidad un retrato suyo, reciente a poder ser.
         -Ramón tiene una buena colección de ellos. Espere aquí que le traeré un par.
         -Es usted muy amable, señora.
         Julia desapareció nuevamente por el pasillo, reapareciendo al cabo de pocos minutos.
         -Éstos se los envió Santiago a mi marido desde Madrid. Son los más recientes que tiene, mire la fecha.
         Eran un par de fotografías, una de tres cuartos y otra de cuerpo entero, relizadas en un estudio de la Calle de Alcalá. En ambas, Rusiñol presentaba una mirada diáfana, la barba y el bigote con las guías hacia arriba disimulaban una nariz de la que el artista no debía estar muy orgullosa, el pelo largo y estudiadamente revuelto, el flequillo peinado hacia atrás y hacia el lado derecho. Suances se dijo que tenía una gran facilidad para posar ya que miraba al objetivo como a un aliado.
         -Veinticinco de marzo. Hace tres semanas. Es un rostro que no se puede olvidar fácilmente. Es más, uno tiene la íntima sensación de que no es un desconocido, de que le ha sido presentado y ha hablado con él.
         -Se las hizo para uno de sus libros o para el folleto de una exposición, no sé. Ésta nos la envió el año pasado desde Mallorca.
         Julia le entregó otra foto del tamaño de una postal en la que aparecía Rusiñol con dos mujeres tocadas con sombreros de flores, delante de un fondo que pretendía representar unos jardines. El parecido entre la mayor y la más joven, la única que estaba sentada, era innegable, por lo que juzgó que se trataban de su mujer y su hija. ¿Le habían dicho cómo se llamaban? Aquí Rusiñol presentaba un aspecto más domesticado y menos salvaje, por así decirlo, como si el trato diario con las dos féminas hubieran aplacado un tanto un carácter que tendía hacia lo excesivo. Aún así, había algo estudiado en su perfil, la mano izquierda, por ejemplo, cogía la pipa para que se le viera. El comisario se apercibió de otro detalle: el hombre se apoyaba en una pierna y mantenía la otra flexionada, como si acabara de llegar o estuviera presto a partir, y estaba algo retirado de su mujer, de hecho, las miraba con cariño pero también con cierto desapego.
         -Me quedaré con las dos primeras. En ésta no se le ve tan bien.
         Julia lo condujo hasta el piso. Al igual que las piezas de forja que Rusiñol consiguiera a buen precio en sus viajes por Cataluña y que habían acabado recalando en el Cau Ferrat, el mobiliario de su casa era de los más variado y ecléctico. El comedor y el salón contenían una mezcla poco afortunada, según su parecer, de muebles de estilos que se contraponían, como el Luis XV (el bufete de nogal, la mesita auxiliar), el chippendale (una mesa de escritorio con cajón superior empotrado) y el provenzal francés (otra mesa con patas torneadas y un aparador con puertas apaneladas). ¿Y qué decir de las lámparas, que las había de formas también muy variadas, desde los velones más rústicos hasta arañas de inspiración francesa? El tal Rusiñol, pensó el policía, tenía que ser una persona aquejada de un extraño mal, un individuo enfermo que carecía del gusto necesario para hacer coincidir más de dos piezas dentro del mismo espacio.
         Como es lógico suponer, había muchos cuadros colgados de las paredes, en algunas apenas había espacio entre los marcos, firmados por el propio Rusiñol, Casas y otros pintores catalanes y franceses que Suances no conocía. En la entrada, varios atados de telas sumaban dos docenas de lienzos por lo menos, seguramente los que acababa de pintar Rusiñol en Aranjuez. Sólo uno de ellos se podía contemplar por estar colocado aparte, junto a un chiffonier. En él se divisaba un templete circular bañado por la luz del atardecer, reflejándose sus columnas marmóreas y su blanca cubierta en las aguas estancadas que lo rodeaban. Detrás, Rusiñol había pintado un sauce cuyas hojas acariciaban el estanque y unos árboles muy frondosos, tanto, que no había suficiente cuadro para que cupieran sus copas.
         -Al parecer nada ha sido revuelto -dijo Julia al policía.
         -No se fíe usted de las apariencias. Hay ladrones que son capaces de llevarse los objetos de valor de una casa y los propietarios no advertir nada hasta haber pasado una semana o más.
         El comisario empezó a abrir cajones y Julia se acercó a las cortinas, descorriéndolas para mirar distraídamente la avenida. El sol de primera hora de la tarde entró en la habitación dándole al rostro y a su figura una extraña luminosidad. Unos años atrás, cuando ella se estableció en la casa, había muchos solares sin edificar en esa parte del Ensanche, pero ahora sólo quedaba el de la finca adyacente. Sin duda el paseo constituía la calle más importante de Barcelona, la que tenía las mejores casas y comercios, pero estaba necesitado de una reforma para convertirlo en unos verdaderos Campos Elíseos. Lo más urgente era arreglar el pavimento, hacerlo más uniforme, porque cuando llovía o caía un chaparrón era peligroso e intransitable y cuando no, el polvo se metía directamente en las fosas nasales y los bronquios, algo muy molesto, según el parecer de vecinos y paseantes. El paisaje que miraba Julia se completaba con landós, carros y tartanas, muy de tarde en tarde algún que otro automóvil como el de su marido, pues ya empezaban a verse pasando raudos, sorteando a los que caminaban arriba y abajo por el bulevar.
         Los libros de las librerías estaban colocados siguiendo un orden alfabético y parecían no haber sido apartados para buscar un escondrijo secreto. Al llegar a la R vio las obras de teatro y poesías escritas por Rusiñol. Allí había ya un ejemplar de "L'hèroe" y en el secreter otro que cogió. "Aquest llibre, el primer que vaig agafar de la impremta, és per el meu amic Ramon", había escrito en la primera página a modo de dedicatoria, seguido de su firma y la fecha, la del día anterior, lo cual significaba que pensaba entregárselo al pintor durante el desayuno. También los papeles guardados en el secreter y los que estaban encima de la mesa de escritorio estaban en orden, como puestos así para que él los examinase. Este hecho le causó extrañeza al comisario.
         -¿Es su amigo Rusiñol un hombre metódico?
         Julia iba a decir que no era amigo suyo, sino de Ramón, mas se mordió la lengua y respondió:
         -Con sus cosas y con sus ropas lo es en grado sumo, mucho más que mi marido. En cambio, de puertas para afuera presume de todo lo contrario, gustando ir mal vestido y peor lavado. ¡Los burgueses de temperamento bohemio han de cuidar las apariencias! -dijo con retintín.
         El comisario, al advertir el tono crítico de la mujer, le preguntó a bocajarro:
         -Usted no le aprecia demasiado.
         -No es que no lo aprecie, se trata de algo más complicado.
         -Explíquese, por favor, la escucho.
         Lo que menos deseaba Julia era sincerarse con un comisario de policía y, sin embargo, lo hizo.
         -Santiago y Ramón se conocen desde hace muchos años, desde que eran jóvenes. Han pasado por cosas que los han unido, han recorrido Cataluña en carro y en bicicleta, han viajado en barco, en ferrocarril. Han estado viviendo juntos en París conociendo los ambientes y las miserias de los pintores que allí van a aprender su oficio. Se han emborrachado con cerveza y absenta, puede hasta que hayan fumado opio juntos, como sé que tantos han hecho. Yo formo parte de la vida de Ramón, claro está, soy su esposa, pero cuando aparece Rusiñol por sorpresa, siempre por sorpresa, Ramón parece olvidarse de mí, me aparta para dejar sitio libre. Y si aquél dispone que han de salir, Ramón sale; si dispone que han de ir a París, Ramón hace la maleta y se va con él. Donde va Rusiñol no voy yo y a la inversa.
         La mirada de Julia retornó al comisario Suances. Se cogió las manos y se las frotó nerviosamente.
         -No debiera haberle dicho esto. Quizá Rusiñol ha desaparecido porque le haya ocurrido algo grave. Si así fuera, mi marido lo sentiría mucho, es más que un hermano para él.
         -Ya he podido comprobar su dolor. Sin embargo, que me haya expresado sus sentimientos hacia el tal Rusiñol me es de gran ayuda. Significa que puede haber más gente que le odia, mucho más de lo que le odia usted por quitarle a su marido. Créame que la comprendo. Ya ve que yo también soy sincero, que no le escondo nada. ¿Me permite ver el resto de la casa? -preguntó Suances buscando cambiar de tema de conversación.
         Pasaron a la habitación de Rusiñol y allí ocurría lo mismo que en el comedor y en el salón. El cabecero de la cama de matrimonio estaba realizado en marquetería fina y representaba una escena bucólica de clara inspiración simbolista (una doncella ofrecía a otra una rosa roja sin espinas), pero el armario volvía a ser de estilo provenzal, realizado con madera maciza de caoba. A los pies de la cama, que no había sido abierta, había un sencillo cofre de madera que parecía haber salido de algún castillo. Lo más extraordinario de la estancia no era ni el cabecero ni el armario, tampoco el cofre de aspecto medieval, sino un espejo de medidas considerables con un marco en el que en su parte superior se representaba la escena del nacimiento de Venus, rodeada por relieves de personajes mitológicos y animales como águilas, tritones y querubines entrelazados.
         -Esto sí que es un espejo. Nunca había visto cosa igual.
         -Lo trajo Rusiñol de París. Se lo compró a un anticuario.
         -De París... -repitió en voz baja el comisario.
         El caótico dormitorio de Rusiñol le recordó el de otro pintor, éste en la calle de Tetuán de Madrid, en la que había entrado treinta años atrás, cuando acababa de recibirse como policía. Le había conducido hasta allí el comisario Riquelme, con mucho el mejor servidor del orden de la capital, quien no sin problemas había sobrevivido a los reinados de Fernando VII y de su hija, al brevísimo de Amadeo y a la llegada y fin de la República, así como a tres navajazos y dos heridas de bala, una de ellas cerca del epigastrio, que le obligaba a andar algo encorvado y utilizar un bastón cuyo mango de plata, según se decía en la comisaría de la Puerta del Sol, había provocado más de una abolladura en cráneos poco proclives a la colaboración.
         "Hace una semana aquí se cometió un crimen, un crimen misterioso y horrible. Por más vueltas que le he dado y le doy no he conseguido resolverlo", dijo Riquelme mientras abría con una ganzúa la puerta de entrada. El recibidor era cuadrado y estrecho y el anciano se adelantó con paso seguro por el pasillo que nacía a la derecha. El joven echó miradas rápidas a un saloncito con chimenea y a un despacho lleno de libros. "Por eso te he traído, Suances, para que me ayudes y así comprobar si eres o no merecedor de la fama que has atesorado con tus primeras pesquisas. Quizá no me he apercibido de algún detalle importante para su resolución, a menudo se esconde alguna clave en el lugar donde se cometen los actos más deleznables."
         El viejo comisario abrió una puerta y se apartó a un lado para que entrara el aprendiz.
         "El cuerpo estaba a los pies de la cama, boca arriba pero con las manos atadas a la espalda, el corazón clavado en un estilete de hoja fina. La herida, por tanto, era estrecha y no muy profunda, tampoco manó sangre en demasía."
         "Es un arma extraña hoy en día, una pistola hace mejor servicio."
         "Pero es ruidosa. Quizás el asesino o asesina no quería ser descubierto tan prontamente. El muerto tenía unos cuarenta años y era de complexión fuerte, no se comprende que no se hubiera defendido."
         "¿A qué se dedicaba?"
         "Era pintor. De cuadros", dijo Riquelme, no fuera a pensar Suances que lo era de paredes.
         "¿Pintaba aquí? Aquí no hay ni caballetes ni útiles."
         "Compartía taller con otro pintor del vecindario."
         "¿Qué pintaba?"
         "Bodegones y algunos retratos, pocos"
         "¿Son buenos?"
         "No, mas bien no. Yo diría que son horribles, se lo puedo decir porque los he visto", dijo Riquelme soltando una carcajada, como si el asunto le divirtiera.
         "¿Son de hombres o de mujeres?", preguntó Suances muy serio.
         "Mas retratos de mujeres que de hombres."
         "¿Había entre ellos de odaliscas desnudas?"
         "¿Por qué lo preguntas?"
         "Para descartar la posibilidad de que lo matara una modelo despechada."
         "No, no había cuadros de desnudos ni de señoritas con poca ropa."
         "Por cierto, ¿vivía solo?".
         "Una anciana le hacía de cocinera, le lavaba la ropa y se ocupaba de la casa. Esa mujer no vive aquí, por lo que apenas nos ha podido dar información precisa sobre las amistades y los quehaceres del muerto. Fue quien le descubrió. Desde entonces no ha querido volver al piso".
         "Así pues, hace días que nadie entra..."
         "Yo fui el último en abandonar la escena del crimen. Volví al día siguiente para observarlo todo con calma y elaborar alguna hipótesis, por algún sitio se debía comenzar, ¿no es cierto? Fue en vano."
         "No ha entrado nadie desde el pasado jueves...", musitó para sí Suances.
         "No tengo constancia de que el muerto tuviera herederos que se hubieran pasado por aquí para calcular lo que les fuera a caer en el reparto."
         "¿Por qué ha tildado usted el caso como misterioso?"
         "Porque lo es. La puerta de la entrada estaba cerrada con llave. Sólo hay dos, una la guardaba el muerto en sus pantalones y otra la tenía la vieja. El balcón y las ventanas de las habitaciones y de la cocina lo estaban por dentro. Nadie pudo entrar ni nadie pudo salir."
         Agustín Suances hizo lo mismo que ahora se disponía a hacer en el piso de Rusiñol no fuera a encontrar allí alguna pista. Se aproximó al armario y revolvió con cuidado las ropas del muerto. Descolgó una chaqueta como para comprobar sus hechuras y si eran de buena calidad. Después se acercó a la mesilla de noche y abrió los cajones. Había unos pañuelos perfumados, un reloj parado, unas cajitas que guardaban gemelos y alfileres de plata.
         "Con lo que he visto tengo ya suficiente, comisario."
         "No me diga, mi querido amigo Suances, que ya sabe quién le mató y por qué."
         "Aquí no se ha matado a nadie", le dijo el joven policía mirándole por primera vez a los ojos desde que entraran en el edificio. Al ver la extrañeza de Riquelme, se vio obligado a decir: "Aquí no se ha matado a nadie porque ésta es la casa de usted."
         El comisario esbozó una sonrisa.
         "¿Cómo lo ha sabido?"
         "Era fácil suponerlo. Me ha conducido aquí demasiado deprisa, sin dejar inspeccionar las otras habitaciones. Esta estancia está bien ventilada y la ropa que está colgada se la he visto a usted en varias ocasiones. Lo mismo sucede con los pañuelos, los alfileres y los gemelos. Además, sé que vive usted solo, que le cuida la casa una vieja y que es un pintor más que apreciable de bodegones y retratos."
         "¿Qué lección sacas de esto, pues?"
         "Que las palabras pueden engañar tanto a más que los objetos y que uno no se puede fiar de nadie, señor comisario, ni siquiera de sus jefes."
         "Serás un buen policía, Suances, no hay duda de ello. Vamos a la biblioteca y beberemos una copa de jerez para brindar por tu futuro."
         Ahora que había alcanzado la edad que tenía su superior cuando lo conoció, Suances se preguntaba si en verdad había sido un buen policía. Quizá si se hubiera dedicado a otra cosa, a los negocios, por ejemplo, hubiera conseguido mayor fortuna y posición social. Pero la vida sólo tenía el camino del que empezaba a vislumbrar su fin y no se podía dar marcha atrás.
         El comisario Suances intentó olvidar estas cuestiones para atender la más inminente, la hipotética desaparición de Rusiñol. La cama no estaba deshecha, lo cual indicaba que no había llegado a dormir allí. O que alguien se había molestado en hacerla para que se pensase que no había pasado la noche en el piso. Abrió las puertas centrales del armario y revolvió con cuidado la ropa que reposaba sobre las bandejas, más tarde hizo lo mismo con las laterales, donde Rusiñol tenía colgados sus levitas y sus trajes.
         -¿Vive aquí con su mujer? Aquí no hay vestuario femenino y me pareció entenderle a su marido que está casado.
         -Sí y no. Santiago se casó y se separó a los pocos meses.
         -Entiendo. No se llevaron bien -afirmó con una sonrisa en los labios.
         -No sé, hace muchos años de eso y se lo tendría que preguntar usted a mi marido. Vivió con una mujer en París. También se separó de ella. Hace tres o cuatro años se puso enfermo, enfermo de muerte, y volvió a aparecer Luisa, su mujer. Desde entonces pasa largas temporadas con ella y con su hija María. No me pregunte más, se lo ruego.
         -Deduzco, entonces, que no viven aquí.
         -No, no viven aquí sino en Manlleu, en casa de la abuela, que todavía vive. Pasan temporadas juntos los tres, ya ha visto la foto que se hicieron en Mallorca, pero eso no quiere decir que compartan sus vidas.
         -¿Y en el cofre? ¿Qué hay?
         -Mírelo usted mismo. No está cerrado.
         Suances lo abrió. Contenía ropa de cama limpia.
         -No observo nada extraño ni fuera de sitio. Usted conoce mejor la casa. ¿Ha visto algo que le haya llamado la atención, algo que falte o que esté donde no tuviera que estar?
         -No crea usted que subo tanto a este piso. Ramón podría decirle más cosas que yo. Pero no he visto nada raro, si eso es lo que me pregunta. Tampoco percibo que se haya desarrollado una tragedia, pues no hay huellas de sangre ni objetos revueltos.
         Dijo Suances, antes de salir de la habitación:
         -Mire usted, señora Casas, he visto muchas desapariciones y crímenes, algunos horrendos, pero soy de los que consideran que los lugares no cambian por el hecho de haberse desarrollado en ellos un episodio dramático o un asesinato. Quizá se haya cometido un crimen o quizá no. Habrá que averiguarlo. Dígale a su marido que voy a investigar. Si su amigo aparece, háganmelo saber.
         -Si tenemos noticias de Santiago le llamaremos enseguida a comisaría.
         -Otra cosa antes de que se me olvide, señora. ¿Me puede dar la dirección del hermano de Rusiñol? Es posible que me acerque a verlo.
         Julia se la dio: Alberto Rusiñol, Calle Princesa, 37.
         Dijo el policía al llegar a la puerta y despedirse:
         -No crea usted que no la he reconocido, señora Casas. Usted en realidad se llama Sofía, Sofía Riera, ¿verdad?
         Julia sintió un escalofrío. Sus labios no pudieron responder.
         -No tema, señora Casas. Su secreto está bien guardado conmigo.