Revista Alga nº53 - Primavera 2005


Edita:
  • Grupo de Poesía ALGA


  • Responsables de Edición:
  • Goya Gutiérrez
  • Moisès Stankowich


  • Portada:
  • "Escritura Poética" (Poema Visual de Gustavo Vega)
  • GOYA GUTIÉRREZ

    UN FIN DE SEMANA LLUVIOSO

           El rugido metálico del atardecer hacía presentir en el aire de la gran urbe la proximidad del fin de semana. Las últimas horas laborables del jueves, en general para todo ciudadano, se presentaban ya engalanadas por esa previsible liberación de los hechos cotidianos: la alocada sirena de las siete o las ocho de la mañana, el monótono horario programado, las posibles citas olvidables escritas en el diario. Las usuales fórmulas de saludos y respuestas.

           María daba por concluida su semana de trabajo. La hora del Viernes de cinco a seis de la tarde era la última de las clases de yoga, que impartía en la Casa de Cultura del Ayuntamiento próximo a su barrio. Pero para ella, aquello no representaba ni monotonía, ni esfuerzo. Era un placer mostrar el movimiento delicado de las partes del cuerpo, lentamente acompasadas con el fluir del aire aspirado, inspirado, al tiempo que la mente viajaba a través de paisajes de color hacia el paraíso de la calma, hacia una nube suspendida por unos minutos, por unos instantes, por un espacio en blanco, lejos de todo lo de abajo, de la superficie por donde los humanos y otros seres discurrían, o arrastraban más pesada o ligeramente sus pasos. Realizaba aquí y allá pequeñas actividades sin más, que le permitían completar de alguna forma su nómina mensual. En ocasiones tiraba las cartas del tarot en su casa, y cobraba por ello sumas un tanto discretas. Le habían dicho que acertaba bastante en sus predicciones. También, durante varios días a la semana, se ocupaba de la tienda de herboristería y productos dietéticos, de la que su prima Marisol era propietaria. Y a veces, mientras se hacía plausible la ausencia de la clientela, se entretenía leyendo toda una serie de libros esotéricos, que hablaban de unas energías, obviadas por el pensamiento científico, pero que según aquellas obras, eran como fuentes de conocimiento para aprenderse, para extraer ese germen de felicidad que está encerrado en los sótanos de la conciencia de cada ser, para encontrar su llave y liberarlo.

           Tiempo atrás, María disponía de un trabajo tan estable como convencional, en una oficina de productos farmacéuticos, y era una de tantas mujeres, madres, amas de casa y trabajadoras fuera del hogar, a quienes se rinde vano homenaje el ocho de Marzo. Tenía una familia sí, y una preciosa hija, a la que una meningitis aguda llevó al otro mundo apenas cumplidos los tres años. María se hizo nada. María permaneció fuera del tiempo durante años, años de lenta catarsis, de transformación y renacimiento de sus propias cenizas. Ahora por fin, renovada, separada, había encontrado cierta paz interior, que le permitía superar el pasado y volver a la vida. Había conocido a Joaquín en un congreso de espiritismo en un pueblo de la provincia de A Coruña, y empezaron a verse cada vez más a menudo, a compartir con más frecuencia presencia y pensamiento, sin atarse a la obligada permanencia en un hogar común, manteniendo, cada uno por su parte, un pequeño y preciado espacio físico y vital. Los fines de semana en cambio, eran el regalo que se ofrecían mutuamente, su entrega recíproca, el refugio a la ausencia del resto de los días.

           Dicen que la naturaleza es muchas veces injusta y, ciertamente aquel Viernes tarde, fin de la jornada laboral, parecía serlo. Diluviaba. Pero la violencia de la tormenta no fue obstáculo para que Joaquín organizara su equipaje y enviara un mensaje al móvil de María, diciéndole que se estaba preparando para el fin de semana previsto. Al instante apareció la respuesta en la pequeña pantalla: "Llegaré a las 18,45 h., podríamos salir un poco después."

           Bajo la luz de los acostumbrados neones, una multitud de ruedas dirigían su huida hacia las habituales salidas de la ciudad. Un hormiguero de automóviles a paso de tortuga se decidía, pese a la lluvia, a abandonar su nido urbano.

           Después de esquivar el atasco de las vías más congestionadas, Joaquín y María, dos horas más tarde de su partida, viajaban a una velocidad moderada, y se aventuraban por un camino alternativo hacia tierras del Levante peninsular. La carretera comarcal con dirección a Castellón permanecía a esas horas bastante despejada, tan sólo algunos coches delante, y algún otro de frente se cruzaban con su viejo SEAT Panda.

           La lluvia no cesaba de golpear el cristal delantero y chocar contra el limpia-parabrisas, que parecía querer abarcar con sus brazos todo el espacio prácticamente invisible. De pronto, Joaquín presionó con fuertes y sucesivos golpes el pedal del freno, consiguiendo al fin, que el viejo automóvil patinase sólo ligeramente sobre la calzada mojada hasta detenerse pocos metros más adelante. Al bajar las ventanillas pudieron comprobar el obstáculo, afortunadamente sorteado. Era un perro vagabundo, que indiferente al desastre que hubiera podido producir, cruzaba lentamente al otro lado de la carretera. El incidente les conmocionó por un momento, y el viaje prosiguió. Pero al cabo de un instante, María, cuya atención estaba centrada básicamente en la carretera, sintió una extraña presión en su nuca, que le hizo intuitivamente mirar de soslayo hacia atrás… tuvo un gran sobresalto, que dejó a Joaquín alarmado.

           -He visto en el asiento de atrás a un joven que viajaba aquí, en nuestro coche, con nosotros. Ha sido como una ráfaga de luz -dijo María, frotándose los ojos.

           Detuvieron su automóvil en el margen de la calzada. Aún llovía. Se produjo un momento de silencio, y tenuemente iluminada por los faros encendidos, apareció la imagen diluida de una especie de pequeña lápida vertical, clavada en la tierra. Unas flores, que aún mantenían cierta frescura, como si alguien las hubiera depositado allí aquel mismo día, ahora, arrasadas por la lluvia, permanecían esparcidas y medio deshojadas en el suelo. Se acercaron, había una inscripción, era el nombre y apellidos de Pablo Iturbe García, y una fecha apenas legible. El primer pensamiento de ambos fue que, efectivamente, aquella persona había muerto de un accidente en aquel tramo de carretera.

           La siguiente localidad, San Cebrián de las Abadesas, no era aún el lugar de destino de ese fin de semana, pero llevados por la curiosidad de los incidentes acaecidos, decidieron hacer noche allí, para tratar de averiguar algo sobre aquella persona inscrita en la lápida.

           El sábado amaneció cubierto de un gris invernal, pero por fin, la lluvia había cesado. Ésta no había parado en toda la noche de descargar su furia acuosa. Los tejados daban muestra de ello y la tierra sabía a ese olor tierno de campo mojado característico de los espacios rurales. Después de una cálida ducha, disminuyó aquella sensación entumecida que a veces acusan los cuerpos en esos días húmedos. Sin embargo, permanecían grabadas en sus mentes, sobre todo en la de María, las extraordinarias instantáneas del día anterior.

           En el salón comedor, algunas mesas estaban ya ocupadas con comensales que se disponían a probar las primeras tostadas del desayuno mientras sorbían lentamente las humeantes y apetecibles tazas de café con leche. Tomaron asiento en una mesa para tres personas. En seguida apareció la joven camarera ofreciéndoles té o café con leche. Los demás ingredientes permanecían en unas bandejas y recipientes sobre el mantel blanco.

           -Por favor -se dirigió María a la muchacha-, quisiera saber cómo podría localizar al dueño o dueña de este Hostal.

           Isidora, que así se llamaba la joven camarera, señaló con el índice hacia una parte del salón, donde una señora de complexión fuerte y cabello corto y rubio, que aparentaba algo más de cuarenta años, parecía supervisar con su atenta mirada el trabajo en esa estancia de sus dos empleadas. María, después de dar las gracias a la camarera, se levantó muy ligera y se dirigió hacia el ángulo donde se ubicaba un pequeño mostrador.

           -Buenos días, me han dicho que es usted la dueña del Hostal.

           -Sí, así es -respondió la señora Matilde-, ¿en qué puedo servirla?

           -Pues verá… ¿podría sentarse un momento a nuestra mesa?

           Una vez acomodados, María se dispuso a explicar lo sucedido.

           -Mi compañero y yo salimos ayer de Barcelona, con intención de pasar un fin de semana en La Alberga, un pequeño pueblo de pescadores, que posiblemente usted conocerá.

           -Sí, lo conozco, es muy bonito.

           -Sin embargo -prosiguió María-, decidimos pernoctar aquí, pues ayer, al anochecer estuvimos a punto de tener un accidente. En el mismo tramo de carretera en que encontramos una pequeña lápida que, según en ella constaba, pertenecía a un tal Pablo Iturbe García.

           -Síííí… -asintió Matilde enseguida- sucedió hace justamente dos años, también era un día lluvioso -y comenzó de este modo a relatar una historia traumática, que estaba aún muy cercana en las mentes de quienes lo conocían.

           -En aquella ocasión, lo recuerdo, era un sábado tarde ya anochecido. Pablo era un muchacho muy reservado, que había comenzado precisamente ese mismo año sus estudios universitarios, de traducción o algo así, se llamaba la carrera. Según decía su madre, le gustaban mucho los idiomas. Aquel fin de semana había venido desde Valencia a casa de sus padres, y parece ser que se había reunido con unos cuantos amigos en una casa no habitada, propiedad del padre de uno de ellos, donde se encontraban, entre otras cosas, para preparar una especie de juego de rol, pues por lo que se ve, eso declararon después de su muerte, los demás chicos del grupo. Él se vio seducido por un personaje, y por el guión que el director del juego le entregó. Se trataba de representar el papel o de ponerse en la piel de un hombre misterioso que un día sale de su casa, y se pierde en las calles de la ciudad porque, de pronto, ha olvidado la dirección donde reside, su nombre, por qué está donde está, es decir, se olvida de sí mismo. Y transcurrido un tiempo decide que ha de inventarse una nueva identidad y persona. El grupo de amigos había acordado dar curso al juego aquella misma tarde, y Pablo era el primero en salir al escenario. Ya casi anochecía. Se despidió de sus padres diciéndoles que tenía que regresar ya a la ciudad, pues había de preparar junto a otro compañero que le esperaba, un examen para el lunes. Cuando los expertos en atestados de la Guardia Civil lo encontraron el domingo al amanecer, su cuerpo estaba totalmente atrapado entre el asiento y el volante, y toda la parte delantera del coche que quedó absolutamente destrozada. Parecer ser que, en un momento determinado, algo inesperado le hizo dar un giro tan brusco hacia la izquierda de la carretera, que perdido el control, se precipitó hacia un desnivel un tanto rocoso, justo antes de donde está situada la pequeña lápida que ustedes vieron. Además de las muestras de ese volantazo en la carretera, que le llevó a la muerte, también encontraron, medio metro más adelante, las huellas en el barro ya seco, de los pasos de una persona, que se dirigía caminando incomprensiblemente hacia el coche de Pablo, la talla de sus zapatos debía corresponder a la cuarenta y cuatro, supuestamente de un hombre, y dijeron que de complexión más bien fuerte, pero hasta el momento no han logrado averiguar aún de quién pudiera tratarse.

           -Muchas gracias, teníamos gran curiosidad -dijo Joaquín-pues pasó algo extraordinario que creo no le hemos explicado, y es que ayer, hubo un momento en que mi compañera María, vio a un joven en el asiento de atrás de nuestro coche, poco después que estuviéramos a punto de tener el accidente.

           -Sí -confirmó María-, fue un instante, pero efectivamente vi a un joven.

           -Realmente, no les voy a decir que no me lo creo, pues a veces suceden cosas inexplicables, y ahí están -dijo Matilde-. Por cierto, ¿se quedarán ustedes a comer?

           -Pues no se lo podemos asegurar, de todas formas volveremos para liquidar nuestra cuenta -contestó Joaquín.

           Acabaron de desayunar pasadas ya las diez y media de la mañana, y sin más demora, se dispusieron a tomar la dirección que les habían dado, hacia el cementerio. Una vez allí, pasearon silenciosos por las calles de paredes ennichadas; recorrieron con ojos inquisitivos nombres y fechas; se detuvieron en panteones, y por fin, la coincidencia del nombre, de los apellidos, de la fecha fatídica, dos años antes. María palideció, observó la otra fecha bajo el pequeño retrato, el rostro joven, la fisonomía de rasgos suaves y aquellos ojos vivarachos y oscuros, que le hicieron inmediatamente recordar otros.

           Sí, aquellos ojos negros y llenos de vida, como dos perlas de azabache reluciendo en los pómulos, en las mejillas aterciopeladas de su piel de niña. Era impresionante su parecido. Al instante, danzaron números de tiempo por la cabeza de María, hasta hacer aflorar viejos recuerdos enterrados en su aturdida memoria. Aquel imperdonable olvido le hizo sentirse, repentinamente, horrorizada y culpable.

           Es increíble, cómo la memoria de los seres queridos y ausentes puede paralizar nuestra vida, y hasta qué punto en otras ocasiones, es usurpada por una esporádica amnesia, muchas veces, reparadora y terapéutica. Justamente aquel Viernes, Ariadna hubiera cumplido veintitrés años. Exactamente tres más que aquel joven, compañero de viaje y guardián por unos instantes, en el mismo día en que también podía haber sido su vigésimo cumpleaños, y que ahora parecía observarles desde la sombra cálida de su mirada, en esa mañana del sábado, que se iba abriendo cada vez más hacia el azul.