Revista Alga nº60 - otoño 2008 - Especial 25 aniversario


Edita:
  • Grupo de Poesía ALGA


  • Coordinación del presente número:
  • Ignacio Gamen


  • Selección de textos y fotografías:
  • Grupo de Poesía ALGA


  • Responsables de la Edición:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo


  • Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
  • Fotografía de Inés Luz
    Grupo Experimental de Fotografía de Castelldefels

    Sumario


  • _______________ SUSANA LASTRA _______________

    ENCUENTROS Y DESENCUENTROS

    Lo conocí en el hospital, no habíamos hecho amigos durante la primera época de médicos residentes compartiendo guardias en noches interminables. Los dos éramos cirujanos, pero él en traumatología y yo en pediatría.

    Con los años y los ascensos, nos veíamos poco, aunque siempre los encuentros en la cafetería o en el bar de la esquina nos producían una alegría contagiosa que a veces daba un poco de envidia al resto de nuestros colegas. Creo que hay ciertas amistades de las primeras etapas de la vida que son especiales y que tienen una intensidad que luego uno no consigue en las relaciones más elegidas de la vida adulta.

    En fin, que su vida y la mía, al principio parecían seguir el modelo pequeño burgués al que nos llevaba la profesión que habíamos escogido. Conocer a la persona con quien te casarías, conseguir un lugar donde vivir, hacer guardias y más guardias para poder instalar un consultorio, luego los hijos y todo lo que suponen, hasta que un buen día te enteras de que ya no tienes toda la vida por delante y te da un ataque de pánico que te remueve hasta los cimientos.

    Supongo que a él, le debió ocurrir antes que a mi, porque su madre murió en quince días, un tiempo después de su boda. Lo supe uno o dos meses más tarde, cuando me lo crucé en un pasillo con muy mala cara y no pude menos que preguntarle, aunque alguien ya me lo había contado.

    Volvimos a coincidir en el bar de la esquina, cuando los dos tuvimos residentes a cargo y salíamos a mitad de la mañana a tomar un café y a desconectar de tanta pregunta tonta.

    Me contó que su mujer estaba muy enferma, que se tenía que hacer diálisis cada tanto, que sabían, ambos eran médicos, que el pronóstico era malo, pero que vivían el día a día, pensando que para los hijos era lo mejor, por otra parte, tampoco había demasiada seguridad en el tiempo que le podía quedar. Habían hecho un largo viaje por Europa y ahora, al volver, estaba muy cansado, porque afrontar casi solo la vida profesional y la familiar le resultaba muy duro. Quedamos para juntarnos a cenar durante la siguiente semana, porque todavía teníamos mucho que contarnos, él más que yo, que llevaba una vida con una normalidad que comencé a valorar y agradecer.

    En aquella cena, me contó, finalmente, lo que más le preocupaba de toda la situación: se estaba enamorando de una de sus pacientes, una mujer casada, diez años menor, que pintaba y daba clases de historia del arte en la universidad. Aún no había pasado nada, pero no era tonto y se daba cuenta de que ella iba muy seguido al consultorio, con excusas en forma de dolor, hasta su secretaria lo había notado y todo lo ponía muy incómodo.

    No sé si mis expertos consejos le sirvieron de mucho, pero la cuestión es que a los pocos días, lo vi en una mesa del bar de la esquina, con una mujer atractiva que se ajustaba a la somera descripción que me había hecho de su nueva amiga.

    No fui el único en verlo y a partir de entonces las bromas de los demás sobre las “novias” que algunos se conseguían, terminaron con las citas en ese bar.

    Después supe que estuvieron viéndose como amantes tres o cuatro meses, pero Luis no podía con sus remordimientos y se dejaron un tiempo, que le resultó tan intolerable como a ella, que aguantó todo lo que pudo, hasta que un buen día apareció otra vez por la consulta, como si no hubiera pasado nada. Creo que en estos temas, y si me apuran en casi todos, las mujeres son más sabias que nosotros.

    Cada vez que nos veíamos, me hablaba de lo difícil que era toda la situación, porque sus deseos de estar con ella estaban en una lucha constante con lo que consideraba sus deberes para con la familia y con el terror de que los descubrieran.

    Así, se inventaba almuerzos de trabajo para ir hasta un hotel y hacer el amor, además de comer algo, siempre a escondidas, siempre con muy poco tiempo, soportando también los reclamos y las protestas, porque no le había dicho toda la verdad acerca del estado de su mujer.

    Otras veces, la dejaba esperando en una esquina una o dos horas, en esos años todavía no existían los teléfonos móviles, porque no le podía avisar que tenía una cirugía de urgencia.

    Desde afuera parecía un pequeño infierno, esta situación que en sus inicios me había dado algo de envidia, porque después de cierta edad, enamorarte apasionadamente y que te correspondan, es casi un milagro que uno debiera agradecer.

    Reconozco que no debe ser fácil cambiar los moldes y los patrones y que la muerte tan presente y tan cerca puede incentivar o anular el erotismo.

    La cuestión es que con el tiempo comenzó a darme la impresión de que estaba más reconciliado con su pasión y que había logrado un cierto equilibrio, que según decía le llevaba un gran esfuerzo. Por eso, la noticia del infarto me dejó anonadado y con esta depresión de la que no me repongo, por más pastillas que me trague.

    En el hospital, circularon las explicaciones de costumbre, que los cirujanos, que el estrés, que las exigencias de la profesión, todos aterrados cada vez que la Parca nos rozaba la camiseta y se atrevía a pasar de la bata blanca.

    Si quiero ser honesto, convivo con ella cada día y he tratado de hacerme su amigo, aunque muchas veces la insulte y la odie, más allá de mis fuerzas, pero lo que no termino de comprender es que haya un castigo para los amores ridículos, que la pasión siga sin tener perdón, ni divino ni humano, en un mundo como el nuestro en el que ya nadie cree en ninguna justicia. ¿O será que ahora sólo nos la aplicamos nosotros?