Revista Alga nº61 - primavera 2009

Taller de Literatura

Francisco Brines: Las vetas de la luz

Jorge Ortega

(Selección de poemas: Grupo ALGA)


G adamer ha escrito que la principal cualidad de la voz poética es su tono. Aquí radica -nos dice en Poema y diálogo- la "fuerza de la poesía lírica". Esta reflexión vale para el conjunto de la obra de Francisco Brines (Oliva, provincia de Valencia, 1932), homogénea en su actitud enunciativa y diversa en motivos, formas, escenarios. Brines parece hablarnos de un modo quedo, melancólico, pesimista; sin embargo, el flujo del poema cobra en él una pluralidad de elementos simbólicos, alusiones históricas, tintes mitológicos y distintas prosodias, dejándonos una impresión de contenida vitalidad, dinamismo y brío que indudablemente enriquece la comprensión de la característica monotonía del poeta valenciano. A fin de cuentas, no estamos sino ante una indirecta reivindicación del a veces preterido rasgo de tono que debe exhibir un poema tal una condición de su autenticidad. En la medida que el autor permanezca fiel al estado de ánimo que preceda la emotividad del texto, resultará más persuasivo, la expresión más eficiente.

Miembro de la denominada generación poética de los cincuenta, Francisco Brines es, junto con José Manuel Caballero Bonald, uno de los dos últimos de sus integrantes que siguen con nosotros; los restantes -Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente y recientemente Ángel González - se han marchado dejando atrás la perdurable estela de sus escrituras, cerrando el círculo de su respectiva aportación. Las trayectorias de Brines y Caballero Bonald continúan todavía abiertas, aunque estamos conscientes que el camino está prácticamente recorrido por ellos. Habrá que ver qué contribuciones adicionales nos deparan, en suma al insoslayable bagaje que entraña la poesía que nos han concedido. Para completar lo que constituiría la constelación de los mayores poetas españoles vivos, con lo discutible que puede resultar esta afirmación, a estos nombres hay que añadir desde luego los de Antonio Gamoneda y Pablo García Baena. Así, con Caballero Bonald, Gamoneda y García Baena, Brines concierta una de las referencias fundantes de la lírica hispánica contemporánea, secundado por quienes los han sucedido, las promociones posteriores, en las que hallamos a Félix Grande, Antonio Colinas, Jenaro Talens, Pere Gimferrer, José Miguel Ullán y Andrés Sánchez Robayna, entre otras destacadas voces.

En el contexto de su promoción, Francisco Brines comparte semejanzas con Antonio Gamoneda, Pablo García Baena y José Ángel Valente. La consecución de la palabra esencial, o bien, de lo esencial a través de la palabra, fomenta la poética de esta familia, independientemente de los frutos estéticos y semánticos de cada uno. En los cuatro se hace patente una vertiente mística y otra de índole sensual, enlazadas en una locución escandida a partes iguales por la suntuosidad y la revelación, pese a que en cierto autor cualquiera de ambas propiedades se muestre más acusada que otra. El misticismo de Brines se relaciona con la disposición al diálogo interior denotado en su retórica, lo mismo que en el aire de atemporalidad que destilan muchos de sus poemas y donde la lentitud de la acción poética, inherente a la trama, termina condensando un discurso de sugerente espiritualidad. No obstante, por otro lado, la función rectora que ejerce la percepción en la poesía del valenciano trasluce un criterio de composición basado en las señales de los sentidos como fuentes de irradiación anímica de las que emanan, por lo demás, las metáforas de la interioridad del sujeto lírico. La escritura de Brines es simultáneamente honda y matérica. El pensamiento meditabundo y la proximidad de las cosas tangibles se encuentran trabados a tal punto que integran una mecánica de causa y efecto. La situación de lo mirado, por ejemplo, tiene clara repercusión en la configuración del fuero interno. Veamos un fragmento de un poema de Las brasas, la opera prima de nuestro autor: "El balcón da al jardín. Las tapias bajas/ y gratas. Entornada la gran verja./ Entra un hombre sin luz y va pisando/ los matorrales de jazmín, le gimen/ los pies, no mira nada."

Es en las pesquisas de la vista donde Francisco Brines se apoya casi en absoluto. El gesto de repliegue que implica su poética da la traza de operar desde lo captado por el ojo, más allá de los límites de yo, tendiendo hacia el recogimiento. La reflexividad de la poesía de Brines parte de su ponderación del mundo exterior, por inmediato que éste sea. El marco apropiado: la soledad. Múltiples son los momentos en que el hablante se dirige a nosotros confinado en el retiro; el aislamiento agudiza la facultad de percepción y los ángulos y texturas cobran especial relieve al identificarse o ser asimilados. Una de las cualidades de la mirada en Brines reside en su tendencia a la matización. El resplandor vespertino, por citar un caso, ostenta variada intensidad y un cromatismo único; su proyección en los objetos, y a través de los cristales, adopta tal singularidad que insinúa una especie de reloj de sol de connotaciones existenciales. Cada nivel de luminosidad comporta un segmento de tiempo y, por ende, una cuota de sustancia vital. No puede faltar la concurrencia de su opósito, la sombra, que cumple una tarea primordial como símil de la finitud humana y como una atmósfera que estimula la indagación de uno mismo, la procuración de nuestros misterios. Entre la luminiscencia y la opacidad, las modulaciones de toda forma de provisionalidad. Un período de otro poema del libro previamente mencionado nos lo indica: "Está en penumbra el cuarto, lo ha invadido/ la inclinación del sol, las luces rojas/ que en el cristal cambian el huerto, y alguien/ que es un bulto de sombra está sentado."

Al margen de antologías y plaquettes, siete títulos integran la producción lírica de Francisco Brines: Las brasas (1960), Materia narrativa inexacta (1965), Palabras a la oscuridad (1966), Aún no (1971), Insistencias en Luzbel (1977), Poemas excluidos (1985), El otoño de las rosas (1986) y La última costa (1995). Sin embargo, ha venido reuniendo su poesía completa de modo recurrente con el rótulo Ensayo de una despedida. Cada volumen renueva las obsesiones temáticas del valenciano: el transcurso del tiempo, la impotencia del individuo frente a la persistencia de los elementos, la crítica de un más allá después de la muerte o de la caducidad, el cambio gradual de la materia, la incidencia de personajes literarios en la saga personal. Los panoramas se permutan, mas no las ideas fijas. Brines regresa una y otra vez sobre unas cuantas cuestiones fundamentales, ahondando en la perennidad de su repertorio y abriendo las posibilidades de éste hacia otras dimensiones espaciales y comunicativas. Esta abismal compactación de la galaxia del autor genera, en efecto, una ética, o sea, una alineación de compromisos poetizables de profundo calado en la circunstancia del autor. El propio Brines lo ha declarado a la poeta mexicana Claudia Posadas en una conversación del año 2000:

En unos contenidos poéticos puede haber una ética que puede ser o no la nuestra. Si es la nuestra, y si el poema es bueno, quizá la vivamos con una mayor fuerza e intensidad. Así, ¿cuál es la moral del poema? La tolerancia, una percepción del otro que no está en nosotros. El poema a lo mejor, podría, en el lector sensible y tolerante, acercarlo a un hombre supuestamente degradado desde las normas de la sociedad pero que admite en su vida. [...] Considero que la gran ética de la poesía es el rompimiento de nuestras limitaciones; eso hace que crezcamos en el conocimiento de la humanidad.

El mundo de Francisco Brines es una geografía concreta, o mejor dicho, una concertación de lugares con nombre definido vinculado a la historia y la fabulación. Primeramente, la tierra natal, el solar del origen familiar; en otra perspectiva, las coordenadas de la gesta humana que se confunden con la leyenda y el mito literario. Mencionémoslos: Oliva, los montes del Guadarrama, Madrid, la Atenas de Sócrates, el Trápani de Virgilio con el fantasma de Eneas, inciertos domicilios de Inglaterra, la temporada en Oxford, el Agrigento de Empédocles, los collados de Delfos, las calles nocturnas de París, unos recuerdos de Ferrara, el cielo constelado de Corfú, el atardecer en Faestos, una iglesia de Arezzo, la magia de Queronea, los hados de Brindisi, un paréntesis en Eivissa, la experiencia de Grecia, la tumba de Dante en Ravenna, el otoño en Elca, la botánica de Marrakech, Bassai. Promontorios, viñedos, arrecifes; huertos, páramos amarillos; la ciudad, el campo; el mar en calma del Egeo y la espuma del Mediterráneo; en suma, topónimos embebidos de aconteceres verídicos y especulaciones del imaginario, pero, sobre todo, provistos de una dirección emotiva personalizada, cuya proporción lírica está sin duda apoyada en la vivencialidad de esos sitios y a su legendaria vinculación con los anales de la poesía y la cultura de Occidente. Así pues, hay en el trabajo de Brines una vocación clasicista que responde a la ratificación de unos ideales estéticos y filosóficos, y, por supuesto, a los mecanismos de un temperamento que da cabida a la inteligencia, el hedonismo y la nostalgia que conviven bajo una plácida aureola de mesura helénica. Por algo José Olivio Jiménez se ha referido a lo que sería la "sensibilidad levantina" del poeta, quien ha puesto en circulación tales valores mediante una resemantización del carácter grecolatino, revitalizando dicho arquetipo con los intransferibles episodios de una saga íntima, un drama propio que, igualmente, propende a la mitificación.

Artífice de un corpus no abundante, Brines intercala en su criterio enunciativo la imperiosidad de los silencios. Estamos frente a un poeta que sabe callar cuando es preciso; esto es, que confiere a la palabra un sopesamiento de naturaleza incanjeable. Su pertinencia vocalizadora se halla, a este respecto, estrictamente determinada por los ciclos de la experiencia. La evidencia más visible es la irrepetibilidad que anima el programa de nuestro autor, como lo confiesa a Claudia Posadas:

Cada libro pareciera una última etapa. Esto no me ha preocupado porque siempre ha aparecido otro. Tengo quizá la misma obsesión pero ésta se expresa de distinta manera. Sabiendo que mis libros tienen esa obsesión temporalista, siempre estuve consciente de que ese tema no era limitado, que era la vida y por lo tanto, me ha permitido una diversidad. Al escribir cada libro se refleja el hombre que en ese momento se es y que es distinto al anterior. En ese sentido no me preocupa que haya habido un libro así o asado. Lo que sí me ha interesado es que cada volumen tenga su propio rostro. Hay un aire de familia, claro, cada obra es un hijo de su padre y de su madre; me parece que no hay deslealtades, pero que cada uno tiene su propia característica. Más bien me preocuparía que salieran, con seis años de diferencia, unos gemelos.

Esta experimentación de la aposiopesis y la efusión verbal hará más llamativo el tejido poético de Francisco Brines, jalonado por una larga cadena de paradojas, contrastes y dicotomías que bien pudieran resumirse en la oposición que sostienen la fugacidad y la presencia, la melancolía y el deseo, la incandescencia y la penumbra, el paisaje abierto y el enclaustramiento habitacional, la variedad de ecosistemas que conviven en un solo libro y sintetizan de manera alegórica las disparidades que privan en el acto y la contemplación, el optimismo y la resignación, todo aglomerado en la vulnerable receptividad del sujeto poético. Concluyendo, es necesario afirmar que la poesía de Brines reproduce con gran fidelidad humanística la escisión que se cierne sobre la fragilidad de nuestra condición, compuesta de brillos y trasnochamientos, mediodías y crepúsculos, camino hacia el fin definitivo. De ahí el epígrafe de este comentario a su poesía: "las vetas de la luz". Para él la existencia no es sino una gradación de intensidades que conducen a un punto cierto: el túnel de lo inevitable, la desaparición, el tránsito. Sin embargo, el camino está sembrado de gratificantes destellos. Consta en su escritura, alumbrada con los fuegos del verano y los rescoldos de las hojas del otoño.


Referencias:

  • Andújar Almansa, José, La palabra y la rosa: sobre la poesía de Francisco Brines, Alianza, Madrid, 2003.
  • Brines, Francisco, Antología poética, Alianza Editorial, Madrid, 1986.
  • -, Ensayo de una despedida (Poesía 1960-1997), Tusquets, Barcelona, 1997.
  • Gadamer, H.G., Poema y diálogo, Gedisa, Barcelona, 1993.
  • García Berrio Antonio, La poesía sentimental de Francisco Brines, Generalitat Valenciana, Valencia, 2003.
  • Gómez Toré, José Luis, La mirada elegíaca. El espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines, Pre-Textos, Valencia, 2002.
  • Jiménez, José Olivio, La poesía de Francisco Brines, Renacimiento, Sevilla, 2001.
  • Posadas, Claudia, "La rosa brillante de la noche. Entrevista con Francisco Brines", Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, 2002, http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/brines.html

JORGE ORTEGA (Mexicali, Baja California, México, 1972). Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro, en México, del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Sus libros más recientes son Ajedrez de polvo (tsé-tsé, Buenos Aires, 2003) y Estado del tiempo (Hiperión, Madrid, 2005). Colabora en distintos medios literarios de Iberoamérica, tales como Crítica, Ínsula, Letras Libres, Mandorla, Quimera y Revista de Occidente.

SELECCIÓN DE POEMAS

Del libro "Las Brasas" (1960)
Antología poética, Edición Ángel Rupérez
Colección Austral. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 2006

(ESTÁ EN PENUMBRA EL CUARTO, LO HA INVADIDO)

A Abelardo Linares

E stá en penumbra el cuarto, lo han invadido
la inclinación del sol, las luces rojas
que en el cristal cambian el huerto, y alguien
que es un bulto de sombra está sentado.
Sobre la mesa los cartones muestran
retratos de ciudad, mojados bosques
de helechos, infinitas playas, rotas
columnas: cuántas cosas, como un puerto,
le estremecieron de muchacho. Antes
se tendía en la alfombra largo tiempo,
y conquistaba la aventura. Nada
queda de aquel fervor, y en el presente
no vive la esperanza. Va pasando
con lentitud las hojas. Este rito
de desmontar el tiempo cada día
le da sabia mirada, la costumbre
de señalar personas conocidas
para que le acompañen. Y retornan
aquellas viejas vidas, los amigos
más jóvenes y amados, cierta muerta
mujer, y los parientes. No repite
los hechos como fueron, de otro modo
los piensa, más felices, y el paisaje
se puebla de una historia casi nueva
(y es doloroso ver que, aun con engaño,
hay un mismo final de desaliento).
Recuerda una ciudad, de altas paredes,
donde millones de hombres viven juntos,
desconocidos, solitarios; sabe
que una mirada allí es como un beso.
Mas él ama la isla, la repasa
cada noche al dormir, y en ella sueña
mucho, sus fatigados miembros ceden
fuerte dolor cuando apaga los ojos.
Un día partirá del viejo pueblo
y en un extraño buque, sin pesar,
navegará. Sin emoción la casa
se abandona, ya los rincones húmedos
con la flor del verdín, mustias las vides;
los libros, amarillos. Nunca nadie
sabrá cuándo murió, la cerradura
se irá cubriendo de un lejano polvo.

Del libro "Palabras a la oscuridad"(1966)
Poesía Completa (1960-1977)
Marginales 160 - Nuevos Textos Sagrados. Tusquets Editores, Barcelona, 1997

PALACIO DE OTOÑO
(Fragmento)

H ablar de esta ciudad, en la que alojo
mi espíritu y mi cuerpo,
sería hablar de soledad y de pobreza.
Y hay un rumor de viento que levanta,
sin luz, oleadas de luz (fingida vida
de las hojas). En el reposo de la tierra
yace, mojada por la lluvia,
la belleza del mundo.

En la vieja ciudad, palacio del otoño,
los generosos sueños del amor,
y el entusiasmo del espíritu, residen;
desde siglos aposentan su llama
dentro del cuerpo de los jóvenes.
Queman sus corazones tras los muros;
fuera, la noche cerca silenciosa
la música del sueño.
Hablo de esta ciudad, y estoy hablando
de soledad y de pobreza.
Porque en ella yo habito.

NIÑO EN EL MAR

U n niño,
debajo de las nubes radiantes,
contempla el mar.
Entre las secas cañas de los huertos
yo detengo mis pasos.
Miro, con turbada inquietud,
el cansado oleaje de las aguas,
la soledad del niño.

El desolado instante me hace daño;
y al caminar, de nuevo,
siento adversa la vida y alejada.

Del libro "Insistencias en Luzbel" (1977)

LOS SINÓNIMOS

M ás allá de la luz está la sombra,
y detrás de la sombra no habrá luz
ni sombra. Ni sonidos, ni silencio.
Llámale eternidad, o Dios, o infierno.
O no le llames nada.
Como si nada hubiera sucedido.

CANCIÓN DE LOS CUERPOS

L a cama está dispuesta,
blancas las sábanas,
y un cuerpo se me ofrece
para el amor.
Abramos la ventana,
entren calor y noche,
y el ruido del mundo
sea solo el ruido
del placer.
Que no hay felicidad
tan repetida y plena
como pasar la noche,
romper la madrugada,
con un ardiente cuerpo.
Con un oscuro cuerpo,
de quien nada conozco
sino su juventud.

Del libro "El otoño de las rosas" (1986)

LA ROSA DE LAS NOCHES
(Fragmento)

T odas las noches de mi vida, hasta el alba,
sin llegar nunca a nadie,
en ciudades distintas, los ojos en acecho,
son una turbia rosa negra.
Se cumple así la sed que concedo a la carne,
esta difusa espera, que es la felicidad de mis cansancios,
o el encuentro de alguna luz pequeña que se abate,
tras el furor, en las cansadas sábanas.
Allí donde los cuerpos se nutren de reposo
que no es mortal aún,
en esa hora tan dura
en que la luz es agria, es una ciega rosa blanca.

Todas las noches de mi vida, envejeciendo,
son una infame rosa negra,
son una rosa negra y solitaria,
una encantada y desvalida rosa.
Si volviera a vivir, yo quisiera aspirarla
de nuevo sin piedad,
pues por ella existí, aunque me devorase.

Del libro "La última costa" (1995)
Antología poética, Edición Ángel Rupérez
Colección Austral. Editorial Espasa Calpe, S.A., Madrid 2006

DESPEDIDA AL PIE DE UN ROSAL

S i no hay conocimiento en las cenizas
dejémoslas caer en la belleza frágil
de este rosal que tiembla en el otoño.

¿Amar, qué significa, si nada significa?
Huésped del tiempo esquivo, desnudo ya de mí,
retener el raído esplendor de la existencia
que una vez creí mía,
antes que, apresurado,
me ciegue en el reverso de esta luz.
Y aguardar esta espera sin alguna esperanza,
sentir la fe de nada, pues soplé las cenizas
y nada hay fuera de ellas:
tan solo amar, sin pensamiento alguno,
el declinar pausado del Engaño.

Arde extraña la vida, como si contemplase
en mi extinción la ajena,
y no puedo apartar los ojos de su fuego.
Canta en el aire un pájaro,
el pájaro invisible de mi infancia,
el que entonces cantaba ya sin vida.

Arde una brasa aún al pie de este rosal
y no quema mi mano.
Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva.