ALGA Revista de Literatura
nº63 - primavera 2010




Dirección:
  • Goya Gutiérrez

    Redacción:
  • Susana Lastra
  • Xavier Carreras
  • Ignacio Gamen
  • Enric Velo

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
    • Estany de laminació, UPC/PMT (Castelldefels). Fotografía de Enric Velo

    Sumario

    Lecturas. Textos comentados

    SUSANA LASTRA

    Es miembro del Grupo de Poesía ALGA. Ver: www.castelldefels.org



      Brooklyn Follies de Paul Auster, ¿Una novela con final feliz?

    por Susana Lastra

    Tal vez sea lo de menos ponerse de acuerdo en si la novela de Paul Auster tiene un final feliz, porque lo que verdaderamente nos importa a sus lectores es el momento feliz que vivimos durante la lectura.

    Leer a este autor neoyorquino es convertirse poco a poco, a medida que avanza la novela, en un vecino de Brooklyn que también quisiera tener una cita con la MBPD o con una cena con Nathan y su sobrino, es decir, ser un personaje más en ese mundo aparentemente anónimo del barrio.

    Porque al igual que otros geniales escritores a quienes Auster admira y ha leído exhaustivamente, logra dar aliento a sus personajes y a su micro-espacio, el barrio, convirtiéndolos en cotidianos y conocidos a través de las historias que nos cuenta.

    Esta es una novela en la que las historias individuales se van entrelazando y abriéndose o cerrándose, hasta coincidir todas en la tragedia del mundo global, en la que los seres humanos siempre acabamos siendo un pequeño engranaje. Así, las micro-historias de los vecinos de Brooklyn se inscriben en la macro-historia que se inicia en el mundo con los atentados del 11S.

    Esta novela de Paul Auster comienza con un protagonista derrotado de antemano, un antihéroe americano en el mejor sentido de la palabra, porque Nathan piensa que ya le queda muy poca vida interesante y paradójicamente, su vida se vuelve interesante cuando deja de interesarle y pasa a ser interesante para el lector (con perdón por la reiteración).

    Hemos dicho que comienza con un protagonista derrotado, pero pensándolo bien son dos los personajes centrales que ven su vida cambiada y trastornada a partir de la presencia de una niña, a la que les unen lazos de parentesco y de una afectividad que se va afianzando, con la convivencia.

    Esta pareja inicial, que físicamente nos recuerda a Don Quijote y Sancho Panza, vive una especie de camino iniciático al revés, ya que cada uno comienza o retoma una nueva etapa de su vida, después de haber "tocado fondo". En el caso de Nathan, por la enfermedad, y en el de Tom, por la muerte de su madre.

    Los dos personajes están, como su creador, saliendo de una gran depresión y ambos recuperan a través de sus pequeñas peripecias individuales, su afición por la vida. Por eso, es coherente que todas las historias que se entrelazan tengan un final feliz, y que esta novela sea una especie de cuento de hadas, que también recupera a sus lectores, tanto del "horror de lo cotidiano", como del pánico ante lo inesperado.

    Conviene, citar lo que ha dicho, el mismo Auster sobre la génesis de la novela: "Una vez leí una frase del cineasta Billy Wilder que me impresionó hondamente: 'Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia'. Escribir una comedia ayuda a poner las cosas en perspectiva. El mundo ha ido de tragedia en tragedia, de horror en horror, pero los seres humanos seguimos existiendo, enamorándonos y hallando alegría en la vida. Me pareció que éste era un momento para recordarlo".

    Confundir y mezclar vida y literatura parece ser una parte inevitable de nuestro curioso oficio de escritores y en este caso y tal como lo dice el mismo autor, la literatura se convierte en refugio y en alivio de males ancestrales para la tragedia de vivir en un mundo gobernado por fuerzas, muchas veces más irracionales que las del arte.

    Volviendo al universo seguro y protegido de las historias individuales del barrio neoyorquino narradas por Auster, cada personaje que lo habita tiene su privilegiado momento de cambio y aún de redención, como es el caso de Harry, que en el final de su historia y de su vida, tiene la lucidez que le ha faltado hasta entonces para salvar su dignidad ante sí mismo y ante sus amigos.

    Y así, si nos detenemos a mirar en detalle cada una de las historias vitales que aparecen en la novela, descubrimos que esos personajes son también, como en El Quijote, la representación de los conflictos y las obsesiones de su siglo y que podemos reconocernos en ellos, tanto como en la circunstancia histórica que comparten con nosotros, sus lectores.

    La relación vida-literatura nos la marca la misma novela plagada de referencias a la vida y a la obra de los escritores predilectos de Auster, por eso ¿dónde está el límite? ¿Cómo no entusiasmarnos ingenuamente con los momentos felices de nuestros nuevos amigos, aunque cada uno de nosotros sepa en su inconsciente que la felicidad no existe y que nos están contando un cuento maravilloso, tal como nos lo avisa el autor, con las palabras de sus personajes?

    La crítica mayoritaria a esta novela ha sido, justamente ésa, que se trata de una historia con final feliz, si se entiende que las últimas líneas sobre los atentados a las Torres Gemelas, no cambian ese final tiñendo con una sombra de luto y desolación, tanto el mundo ficcionalizado como el real.

    A nuestro entender, Auster se permite en esta novela desviarse de una especie de ley no escrita de la literatura contemporánea, que dice que si una historia acaba bien, no tiene nivel literario. En consecuencia, en esta novela en la que los desvíos estructurales son los más significativos de toda su obra, el autor logra superar uno de los mayores desafíos del arte: imitar al arte, es decir contarnos la historia que siempre queremos escuchar, sabiendo que no es la realidad, ni lo pretende y que sólo quiere ofrecernos algunos maravillosos momentos de evasión y ¿al fin y al cabo, qué es sino la literatura?

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