ALGA Revista de Literatura
nº66 - otoño 2011




Dirección:

  • Goya Gutiérrez

    Redacción:

  • Xavier Carreras
  • Ignacio Gamen
  • Susana Lastra
  • Elvio René
  • Jorge Stoysich
  • Enric Velo


  • Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
    • In Focus (4).
      de José Javier González.

    Sumario

    Narrativa

    CARLOS PERMANYER

    Barcelona (1961). Reside en Castelldefels. Licenciado en Filología Hispánica por la UAB. Director creativo de Ardidpermanyer. Ha recibido premios nacionales e internacionales en el campo de la publicidad.

    EL TÍO LEOPOLDO

    Según el reconocimiento practicado por el médico, se podía afirmar que mi tío Leopoldo había resucitado. Si no fuera porque una semana antes se había quedado tieso de un ataque al corazón, suceso que el forense certificó en su día, que lo enterramos después y que se quedó allí, en su féretro, descansando como un rey, se hubiera podido dudar de su fallecimiento. Pero no, no había dudas, mi tío Leopoldo estaba muerto y bien muerto.
         Y ahora resucitado. Recuerdo que llamaron a la puerta mientras comíamos y apareció allí, de pie, tan tranquilo, delante de nosotros. "¿Qué hay para comer?", preguntó a mi tía que no acertaba a articular palabra. De hecho, nadie dijo nada. No podíamos hablar, porque aunque en el fondo intuíamos que aquello no era tan extraño en el tío Leopoldo, no dejábamos de sentirnos sorprendidos.
         Caminando lento pero firme, mi tío se sentó a la mesa y se dispuso a comer. "¡¡Fideos a la cazuela!! ¡Qué ricos! ¡Hace tiempo que no los pruebo", dijo con naturalidad.
         ¿No recordaba nada o hacía ver que no recordaba nada? Su musculatura más débil, su tez pálida, sus ojos profundos como cavernas y, sobre todo, aquel olor a patatas podridas que despedía, eran las pruebas evidentes de que mi tío había estado muerto.
         Mi tío Leopoldo siempre había mostrado inclinación por los sucesos extraños. De acuerdo, pensé, ha resucitado. ¿Y qué? tampoco es la primera vez que le sucede algo así.
         Al día siguiente, fuimos al cementerio, abrimos la fosa y vimos que dentro, efectivamente, no estaba Leopoldo. Ni Leopoldo ni nadie.
         ¿Cómo había resucitado? ¿Cómo había sido capaz de liberarse a cinco metros bajo tierra sin dejar señales? Porque eso era lo realmente alucinante. En el lugar donde supuestamente debería estar, no había hoyos, ni tierra removida, ni marca alguna que nos indujera a pensar que de allí había salido alguien.
         Entonces, interrogamos a Leopoldo. Nos preguntó si estábamos locos, ya que él no se daba por muerto, sino que había tenido la sensación de haber estado de vacaciones en un hotel muy tranquilo y silencioso.
         Silencioso y seguro, le dijimos. Pero no en un hotel. En todo caso, se podría parecer a un camping bajo tierra, le dije. Mientras le hablaba, percibí en sus ojos una mirada huidiza, irónica, como el que guarda información que no quiere revelar.
         Como ya he dicho, ese no fue el primer suceso extraño en la vida de mi tío. Según me contó mi madre, de niño Leopoldo desapareció un día sin dejar rastro. Su madre, Virginia llamó asustada a la policía que lo buscó por todas partes. También la familia, los amigos y la gente del pueblo. Se pegaron carteles en las paredes de los establecimientos, la prensa local dio avisos y la comunidad entera se movilizó por el niño Leopoldo. La última vez que se le había visto, paseaba por el jardín de su casa con aletas, escafandra y una red. Pasaron los días y las semanas, se relajó la búsqueda y disminuyeron las esperanzas de encontrarlo con vida. Pero un mes más tarde, la policía llamó a Virginia con la noticia de que tenían a su hijo Leopoldo retenido en la cocina de un restaurante donde intentaba asar un besugo de más de medio metro y 8 kilos de peso. Es que tengo hambre, gritaba.
         En otra ocasión y según cuenta la leyenda familiar, Leopoldo se hizo famoso porque decidió demoler la Torre Eiffel. Y durante tres días, empezando por arriba, desarmó algunas piezas de hierro. Eso sucedió en 1901, cuando aún estaba por decidir el futuro de la torre. Gracias a Leopoldo, la sociedad francesa se movilizó y decidió que aquella construcción habría de tener un futuro de gran importancia.
         Pero mi tío Leopoldo no lo había hecho para llamar la atención sobre la estructura de hierro. No, lo hizo por un desengaño amoroso. Parece ser que una parisina le dejó por un político francés, socialista para más señas, que andaba esos días con la internacional intentando unirse a otros socialistas. En fin, armando una buena. A la novia de mi tío le pareció más divertido todo aquello y se lió con él. Ane Marie, que así se llamaba la francesita, le había declarado a mi tío su amor eterno en la torre Eiffel, por encima de París, mirando al infinito. "¡Mon amour, mon amour Leopoldo, j'etaime!".
         Mi tío la había creído y pensaba trasladarse a vivir a la ciudad de las luces ante el escándalo de su padre Leopoldo. Primero, notario insigne. Pero dicho y hecho. Si no hay amor, no hay torre, se dijo a sí mismo. Afortunadamente la policía, alertada por el ruido de los martillazos, lo detuvo a tiempo. Años más tarde, la mencionada Ane Marie dejó plantado al político por un pintor mediocre de Lintz que pasaba unos días por París y al que conoció en un garito donde ambos se dejaban caer. Ese amor también duró poco, porque el pintor la abandonó con la excusa de que tenía que organizar un golpe de estado en Alemania.
         La historia de Ane Marie no pasó a la historia, ni trascendió jamás, de hecho ese asunto amoroso solo salió a la luz cuando mi tío se lo contó a su hermana Rosaura, es decir, mi madre, al recibir una carta de Ane Marie donde decía:
         "Leopoldo, mi vida ha sido un error. Nunca debí dejarte. No lo aguanto más. Me voy a tirar de lo alto de la torre Eiffel el jueves 4 de abril a las 12horas. Adieu, Mon amour."
         ¿Ves? Yo tenía razón, debí derrumbar la torre, dijo mi tío y le contó a mi madre la verdadera historia de Ane Marie, y el intento de derribar la torre.
         No sabemos muy bien qué le reveló Leopoldo a Ane Marie cuando eran novios, pero los acontecimientos posteriores nos han hecho sospechar que debió contarle secretos trascendentales. Porque, efectivamente, Ana Marie se lanzó al vacío desde lo alto de la torre Eiffel aquel 4 de abril a las 12horas, según notificaban los periódicos de la época del 5 de abril.
         Y si digo que algo realmente importante le debió revelar mi tío a Ane Marie, es porque una semana más tarde del suicidio se presentó en casa de mi tío para echarle en cara que no la detuviera a tiempo. Hubo una gran discusión y mi madre recuerda haber oído estos gritos: "A mí no me cargas ese muerto, no te quiero ni vivo, ni muerto y tu problema es que no tienes donde caerte muerto", y cosas así.
         Mi tío no volvió a hablar nunca más de Ane Marie, ni viva ni muerta. Así que la familia echó tierra por medio y se olvidó el asunto. Afortunadamente mi madre me lo contó todo, porque quería que conociera bien al tío Leopoldo por lo que pudiera pasar en el futuro, ya que nunca tuvo hijos y me ha demostrado siempre un cariño especial.
         Y ese futuro al que se refería mi madre, parece que ha llegado, porque la semana que viene, una vez que se haya recuperado de su reaparición, mi tío y yo salimos de viaje: a París.

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