ALGA Revista de Literatura
nº70 - otoño 2013




Dirección:

  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
    • Niña saharaui
      de Marcello Scotti

    Sumario

    Poesía - Colaboración Especial

    LUIS CERNUDA



    Selección de poemas ANA RECIO MIR

    SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR

    Si el hombre pudiera decir lo que ama,
    Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
    Como una nube en la luz;
    Si como muros que se derrumban,
    Para saludar la verdad erguida en medio,
    Pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la verdad de su amor,
    La verdad de sí mismo,
    Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
    Sino amor o deseo,
    Yo sería aquel que imaginaba;
    Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
    Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
    La verdad de su amor verdadero.

    Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
    Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
    Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
    Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
    Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
    Como leños perdidos que el mar anega o levanta
    Libremente, con la libertad del amor,
    La única libertad que me exalta,
    La única libertad por que muero.

    Tú justificas mi existencia:
    Si no te conozco, no he vivido;
    Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

    Los placeres prohibidos (1931)

    EL MAGNOLIO

    Se entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul.
              En un recodo de la calle estaba el balcón al que se podía trepar, sin esfuerzo casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores.
              Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de otro modo, más libre, más en la corriente de los seres y de las cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol, aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios.

    Ocnos (1942)

    SOMBRA DE MÍ

    Bien sé yo que esta imagen
    Fija siempre en la mente
    No eres tú, sino sombra
    Del amor que en mí existe
    Antes que el tiempo acabe.

    Mi amor así visible me pareces,
    Por mí dotado de esa gracia misma
    Que me hace sufrir, llorar, desesperarme
    De todo a veces, mientras otras
    Me levanta hasta el cielo en nuestra vida,
    Sintiendo las dulzuras que se guardan
    Sólo a los elegidos tras el mundo.

    Y aunque conozco eso, luego pienso
    Que sin ti, sin el raro
    Pretexto que me diste,
    Mi amor, que afuera está con su ternura,
    Allá dentro de mí hoy seguiría
    Dormido todavía y a la espera
    De alguien que, a su llamada,
    Le hiciera al fin latir gozosamente.

    Entonces te doy gracias y te digo:
    Para esto vine al mundo, y a esperarte;
    Para vivir por ti, como tú vives
    Por mí, aunque no lo sepas,
    Por este amor tan hondo que te tengo.

    Con las horas contadas (1950-56)



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