ALGA Revista de Literatura
nº76 - otoño 2016




Dirección:

  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Ocell Papallona
      de Rosa Mirambell

    Sumario

    Poesía - Colaboración Especial

    SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS

    SANTOS DOMÍNGUEZ RAMOS (Cáceres, 1955) es un poeta español cuya obra ha sido galardonada con los más prestigiosos premios nacionales e internacionales, traducida a varias lenguas e incluida en la selección 25 poètes d'Espagne, publicada en Francia en 2008. Su obra más reciente, El viento sobre el agua, ha sido reconocida con la obtención por unanimidad del XXXVI Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez. Antologada en diversos volúmenes como Plaza de la palabra, Las alas del poema o La vida navegable, su obra poética ha sido valorada como "una de las voces más importantes y más auténticas de su generación, en quien se combinan perfectamente los dos principales ingredientes poéticos: la exactitud y el misterio" (Félix Grande).

    LO PROFUNDO
    (Pollock. The Deep, 1953)

    No toques lo que está. Toca lo que no está.
    Miles Davis

    Trama blanca de luz
    sobre el oscuro gesto del abismo.

    Huellas y cicatrices,
    trazos que el tiempo escribe en la pintura
    con la caligrafía secreta del misterio.

    Y en el dibujo, oculto,
    lo profundo invisible:
    bajo el hielo quebrado, la esencia de los sueños,
    el espíritu áspero de las noches sin luna.

    Tras el hilo que flota late una nebulosa
    por la que entra el silencio
    abisal:
    lo profundo es lo oscuro.

    De El viento sobre el agua.
    XXXVI Premio Hispanoamericano de
    Poesía Juan Ramón Jiménez,
    Ed. Premium. Sevilla, 2016.

    BAJO LOS TILOS

    La tarde del 20 de julio de 1812
    Beethoven camina del brazo de Goethe
    por la avenida principal de la ciudad balneario
    de Teplitz, en Bohemia.

    Sobre la hora crecida de la tarde templada
    vibraba largamente la luz, y los sonidos
    fluían bajo los tilos de un lento balneario.

    Acompasan sus pasos el genio que no duda,
    el sabio satisfecho de sí mismo,
    pulcro y ceremonioso,
    y el indómito músico, el sordo algo salvaje
    que no obedece normas y desconcierta al sabio
    con su creación sin riendas.

    No se entienden apenas
    quien redujo el color a una teoría
    o expresó la mirada en fórmulas de física
    y el que echaba de menos los rumores de Viena
    o el ruido de las hojas del tilo bajo el viento.

    A aquel que hizo del mundo un tema razonable,
    pero pidió más luz en su agonía,
    le inquietaba el sonido, lo que no se controla,
    lo que no se regula con normas ni preceptos.

    No comprendió la música de quien buscó en sus notas,
    sin orden, con concierto,
    resistir las angustias,
    vencer el sinsabor y los fracasos.

    Mientras vibraba al fondo
    la luz incomprensible del piano,
    la tarde iba cumpliendo sus cuadrantes exactos,
    los círculos de nieve de un tiempo misterioso.



    EL RUISEÑOR EN LA MURALLA

    Lo que dice el trueno
    lo comprende el bosque

    Octavio Paz

    I

    Cae la sombra en el mundo como una lluvia antigua,
    como una profecía del viento extraviado
    en agujeros negros.

    Deriva incandescente del tiempo navegable,
    tiempo inmóvil que vibra en la tarde de arena
    y congrega en la orilla genital sus racimos,
    las cuerdas de cristal que pulsan los minutos.

    Ilesa luz distante por la que vuela el pájaro
    en su presente eterno,
    puerta del sueño, puente
    por el que cruza el viento del otoño
    sobre un río constelado de semillas.

    Que un alto surtidor trepe en el aire
    sobre la pulsación tranquila de la sombra
    y que un terror antiguo deshaga bajo el viento
    la última luz del día,
    espiral de ceniza, luna de los reflejos.

    II

    Entra el viento en la rama como en el cuerpo el sueño,
    como el mar en la cueva, como en el río la sombra.

    Como piedras lunares de una luna lejana
    son hojas sucesivas las máscaras del tiempo,
    los números impares,
    la oscura transparencia de la noche.

    Son el tiempo abolido en el presente fijo del espejo.

    Suspendido en su centro de piedra incandescente,
    flotando a la deriva,
    el eje rotatorio de dos lunas de hielo.

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