ALGA Revista de Literatura
nº77 - primavera 2017




Dirección:

  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      California VIII
      de Sabrina Guitart

    Sumario

    Poesía

    EVA HIBERNIA

    EVA HIBERNIA es poeta, dramaturga y directora de teatro. Ha publicado He yacido días animales (Poètikas 2015), así como poemas en diversas antologías. Como dramaturga tiene una larga carrera premiada en la que destacan títulos como La América de Edward Hopper, La Sal o Los viejos maestros que saldrá publicado por Antígona editorial este otoño

    Mi muerte es muy sencilla.
    una pared blanca, lisa,
    con ciertas imperfecciones, la luz
    cae en diagonal desde una ventana, a su derecha,
    hasta el lugar donde la pared se junta con el suelo.

    Mi muerte es sencilla.
    En un tiempo la pared estaba sola.
    Luego, llegó un hombre, paseaba, se acodaba en la ventana
    y miraba el horizonte, fumando,
    silbaba,
    el silbido también parecía humo
    - quién no ha pensado en un tren mirando a las montañas-,
    Luego el hombre se descalzaba
    y se iba.

    Y ya está. Mi muerte es así, sencilla,
    como cuando entraba esa mujer
    con su escoba, barría el sol caído
    desde la ventana
    y lo apelotonaba en una esquina. Ya era tarde,
    en la pared reflejos morados y en la calle
    los gritos de las madres llamando a sus hijos
    a cenar. Justo antes
    de marcharse la mujer
    hacía un gesto sobre la pared,
    si hubiera tenido un carboncillo el gesto sería un muñeco, un dibujo,
    pero como no tenía nada en las manos
    la pared siguió igual, vacía, sencilla.

    Porque es sencilla mi muerte, como un cuadro
    con pocos colores,
    con gradaciones muy lentas, cada vez más y más lentas.

    También hubo un tiempo en que trajeron una cama
    y la apoyaron contra la pared, y trajeron un escritorio
    y lo colocaron cerca de la ventana.
    El escritorio tenía muchos cajoncitos
    y la cama era un único cajón.
    Alguien colgó una acuarela
    con olor a lluvia.

    Fue un bonito tiempo, mi muerte
    sencilla de la cama a la mesa, de la mesa a la lluvia
    de la lluvia a la ventana, de la ventana a la rama
    del almendro que ha crecido por sorpresa
    y mece la sombra en la pared.

    Y luego el mar entra, despacio,
    hecho con sus colores de niño pequeño,
    y retira la cama, se lleva la mesa,
    deshace la acuarela de lluvia dentro de su ola,
    despinta la sombra del almendro
    el sueño de la luna y su halo
    que una vez
    era irisado y tan redondo como el corazón. Y ya está.

    Sin huella, sólo la madera
    de la ventana un poco combada por la humedad,
    quizás una muesca, una imperfección
    en la pared, el agujero donde estuvo
    colgada la acuarela.

    Luego una inmensidad, como si el tiempo fuera una pradera
    de hierba rubia, sol y sol,
    y una campana, lejos, siempre lejos.

    Ya no esperaba otra cosa que seguir así,
    pero aún la sencilla muerte
    quiso
    un piano recostado en la pared. La música
    olía a jazmines,
    quizás por eso apareció el angelito de yeso pintado
    con los colores de una anunciación de Fra Angélico,
    el angelito y el bosque de jazmines y la música,
    todo se rompió con un golpe de viento.

    Pasaron años.
    Aún a veces había mujeres que al pasear debajo de la ventana
    decían
    ¿no oyes un piano?, está hablando,
    y sus amantes intentaban recordar, ahí hubo un crimen de flores
    un crimen de agua,
    pero el portero los desengañaba:
    siempre ha sido una pared desnuda esa casa
    una única pared, lisa, con pequeñas imperfecciones
    y una ventana con un sol medio acostado en sus bordes.

    Mi muerte es así, sencilla, discreta
    nadie recuerda nada, ni se duele, ni tan siquiera
    cuando la tormenta rompió el cristal de la ventana,
    entraron hojas y relámpagos
    entró el bosque y la cornamenta encendida de los ciervos

    la pared, durante aquella noche,
    se recordó cueva
    y la sombra de las hogueras celestiales
    avivaban las imágenes sobre ella,
    los cuentos, las fábulas, los bellos gritos,
    todos los animales del corazón vinieron a reflejarse,
    uno a uno
    en su declaración de amor
    de poder
    y de adiós.

    Qué larga es mi muerte, ella sigue, yo sigo,

    todos los días está ahí, sencilla,
    quizás un poco más sucia la pared
    porque alguien se recostó allí, un instante,
    el milagro es siempre un instante,
    la cosa más sencilla
    por ser la más misteriosa
    como el color del agua o el olor de la rosa

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