ALGA Revista de Literatura
nº78 - primavera 2018




Dirección:

  • Goya Gutiérrez

    Edición:
  • Grupo de Poesía ALGA

    Responsables de la edición del presente número:
  • Goya Gutiérrez
  • Enric Velo

    Maquetación, composición y diseño web:
  • Enric Velo


  • Portada:
      Te vigilo y no me ves
      de Carmen Esteban

    Sumario

    Lecturas. Textos comentados

    RAFAEL MAMMOS

    RAFAEL MAMMOS (Palma de Mallorca, 1982) es licenciado en Filología Clásica por la Universitat de Barcelona. Colaboró con varios poemas en Domicilio de nadie. Antología de la nueva poesía barcelonesa (Isla Negra, 2008). Ha publicado los poemarios Paisaje con reflejo (Paralelo Sur, 2011), Casas rivales (La Garúa libros, 2013) y Oficio (Polibea, 2016), y en catalán Microdestrucció del món (Edicions Tremendes, 2017). Colabora regularmente con la revista Quimera.



    El violinista de Argelès
    de Agustín Calvo Galán
    Editorial Polibea: Madrid, 2017
    Novela 103 págs.

    AHOGARSE EN MEMORIA

    El violinista de Argelès es la primera novela del poeta Agustín Calvo Galán, que en su anterior libro ya se aventuró en la prosa, si bien poética, con Trazado del natural (La Isla de Siltolá, 2016). El violinista de Argelès es una novela breve, rápida, inspirada, que ofrece un planteamiento más que un argumento: un hombre repasa sus recuerdos de infancia y juventud sentado junto a la cama de su padre en el hospital, entre la indiferencia profesional de médicos y enfermeras. El resto de la acción es, en el mejor sentido, palabras, pues se trata de una novela hecha de pura palabra mental, y casi nada sucede en el presente de la narración. La identificación entre el río de recuerdos del protagonista y el ritmo de la prosa del propio libro es obvia. Ambas crecen y decrecen, se desbordan, se bifurcan por meandros imprevistos, surgidos de asociaciones de ideas inmediatas; la prosa se despliega inseparable de la memoria que representa. Pues El violinista de Argelès es en sí un largo recuerdo escrito o, mejor dicho, un largo recuerdo simultáneo, ya que tenemos la sensación de que todo pasa a la vez: no sólo el presente del narrador junto a su padre agonizante, sino también sus recuerdos de París y Barcelona, sus conversaciones con su amante, sus largos paseos. Asimismo, la agonía y la muerte de su padre parecen suceder al mismo tiempo, aunque en rigor estos hechos marquen el principio y final de la novela respectivamente. En este sentido, ocurre igual con la presencia de la música. Ciertamente, en la novela se habla de música y de compositores (sobre todo de Reynaldo Hahn y su annegare in musica), y no hay duda de que su prosodia es armónica; pero ocurre además que la misma novela es una partitura interpretada, un hilo musical arrebatado que no se detiene en ningún momento. Puede ser leída de una sentada, como se escucha una pieza musical. Su ritmo y relativa brevedad lo favorecen.
    A través de una profunda fijación en los detalles del pasado, El violinista de Argelès propone, implícitamente, una reflexión sobre el mecanismo de la memoria. "¿Cómo es posible que me acuerde del nombre de un estúpido bibliotecario parisino y no del nombre de mi vecino?", se pregunta amargamente el narrador. El vecino es su alumno de español y además le presentará al que será su amante. El librero es un conversador necio y esnob, que generaliza sobre música y nacionalidad, en particular sobre los españoles, y hasta se ríe del francés del narrador, "como de ultramar." ¿Por qué, entonces, lo recuerda tan bien, con nombre y apellido? Aquí encontramos otra de las preocupaciones profundas de la novela, que es la identidad nacional en tanto que carta de presentación personal en el extranjero. El narrador es extremamente sensible a las diferencias entre países, especialmente en términos musicales, y no tanto porque él piense por estereotipos. Más bien sucede que ya de entrada su condición de español parece incidir en el juicio de los demás y, por tanto, en la percepción que él tiene de sí mismo. Así, la conversación con el librero, un recuerdo que el protagonista querría repudiar, puede ser un nudo importante en la gestación de su identidad en el extranjero y en su manera de ver el mundo, especialmente en una Europa aún marcada por restos de nazismo y fascismo, transformados en un grosero sentido de superioridad nacional.
    En última instancia, El violinista de Argelès es una apología, si bien melancólica, de la libertad a través de la música. La lucha del narrador no es contra su padre, que en ningún momento se muestra como un déspota caprichoso. Más amenazador resulta el fantasma del fascismo en tanto que orgullo nacional meramente oportunista, y que como digo a veces asoma oblicuamente en las preocupaciones de identidad y nación del narrador. La hermosa revelación final del porqué del rechazo del padre a todo lo francés cierra hábilmente este ciclo de temas europeos. Para el hijo del violinista de Argelès, y a pesar de todo, la música es la respuesta, la música es libertad.

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