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La marca del dominio sobre los cuerpos de las mujeres de Ciudad Juárez

Visita de representantes de la Asociación "Nuestras hijas de regreso a casa" de Ciudad de Juárez

Última modificació:

Organizado por el Área de Políticas de Igualdad, las señoras Marisela Ortiz y Norma Andrade fundadoras de la Asociación “Nuestras hijas de regreso a casa”y ganadoras del Premio Especial Ciudad Castelldefels de este año, fueron invitadas, el pasado 9 de julio, a un almuerzo homenaje al que asisti y estuvieron acompañadas de algunas regidoras de la provincia de Barcelona y de miembros del Consejo Municipal de las Mujeres y de la Junta directiva del Grupo de Mujeres de Castelldefels.

Mas tarde,  en la sede del  Grupo de Mujeres de Castelldefels, ofrecieron una conferencia para explicar la ola de feminicidis que asedia Ciudad Juárez desde 1993. Ésta es una ciudad situada en la frontera con Estados Unidos donde, en estos últimos años, se han ido instalado fábricas maquiladoras - empresas subcontratadas de samblaje y manufactura que importan materiales sin pagar aranceles y los exportan una vez procesados a otras empresas – donde trabajan un alto porcentaje de mujeres mejicanas que han emigrado escapando de la pobreza y a la búsqueda de mejores condiciones de vida. A pesar de que sus derechos laborales son continuamente vulnerados, las mujeres han encontrado en estas fábricas una fuente de subsistencia y empoderamiento. Así mismo, arriesgan todos los días su vida cuando entran y salen de trabajar. En los largos desplazamientos de ida en el trabajo o de retorno a casa, centenares de mujeres han sido secuestradas, estranguladas, víctimas de violencia sexual y asesinadas o desaparecidas. Estos asesinatos y desapariciones se van perpetuando desde hace más de diez años sin que ninguna investigación seria se lleve a cabo para aclarar sus causas. 


La impunidad de estos crímenes respondería a la conexión existente entre los asesinos y miembros de las autoridades (policía, fiscalía, ejército etc). El poder que ostentan estos ricos e influyentes propietarios y hombres de negocios ilegales permitiría comprar el silencio para que el mecanismo de escenificación del poder basado en el sacrificio del cuerpo femenino no se pare. Por ello no se desarrolla ninguna investigación en profundidad y se prefiere culpar a las víctimas esgrimiendo razones falsas como sus relaciones con el narcotráfico, la prostitución etc. o acusar personas inocentes como chivos expiatorios. Éstos feminicidis reiterados facilitan también que los asesinatos por violencia doméstica queden camuflados. Si algún hombre se excede y mata a su compañera puede abandonar su cuerpo en alguna zona de Ciudad Juárez sin preocuparse de que se indague demasiado la causa de esta muerte.

Las últimas investigaciones periodísticas relacionan éstas cruentas matanzas con rituales de iniciación que se llevarían a cabo dentro de diferentes grupos mafiosos involucrados en el narcotráfico. Las mujeres, la mayoría entre 15 y 19 años, serían secuestradas, violadas, torturadas y asesinadas como una prueba que tendría que superar el “neófito” para formar parte del club de hombres de la mafia. El derramamiento de sangre y el asesinato sería el ritual y el sello confirmatorio del pacto a través del que el iniciado vence las pasiones y es apto para ingresar en el cuerpo de la organización y en la fratria viril. Este acto macabro refuerza asimismo el vínculo del grupo de hombres a través de la exhibición de su poder y el conocimiento de un secreto compartido. Una vez realizado el acto simbólico, que es sin duda, una clara manifestación de la violencia de género, las mujeres asesinadas serían abandonadas como un desperdicio ya que son concebidas como objetos: apropiadas, utilizadas y lanzadas.

 
Éste es un modelo que va calando a la sociedad y que responde a un mensaje claro que consiste al dar legitimidad a la violencia de género a través de la cual los hombres pueden disponer entrega del cuerpo de las mujeres hasta el extremo de asesinarlas. Los agresores, no sólo se apropian del espacio privado, sino también del espacio público de Ciudad Juárez insuflando el miedo a todas las mujeres bajo sus pasos.


Marisela Ortiz, valiente y comprometida, lucha todos los días para desenmascarar los culpables y reconstruir una sociedad sobre nuevos cementos, pese a que eso signifique poner en riesgo su vida. A pesar de haber sido amenazada de muerte varias veces, no duda al romper el silencio, denunciar el horror y clamar justicia rebasando las fronteras de México ya que ahora es consciente de que la corrupción que asedia su país no aportará ninguna solución a este genocidio de mujeres y que por tanto  es  necesario internacionalizar el problema.